Crítica a la teoría crítica
Me preguntaba un amigo, extrañado, por qué personas inteligentes no alcanzan a cuestionar las tendencias políticas actuales que intentan convertir la democracia en tiranía; no analizan el desastre de Venezuela o de otros países donde se han perdido los derechos democráticos; o cómo pueden seguir admirando modelos de gobierno como el actual, tragándose de retóricas tan absurdas como la de soltar criminales aunque sigan delinquiendo, mientras la inseguridad y el irrespeto por la vida aumentan bárbaramente. Mi respuesta fue: porque fuimos objeto de un condicionamiento mediante un programa impuesto hace casi 100 años, que se apropió de la enseñanza universitaria y secuestró la cultura.
Pero, ¿cómo sucedió eso? Antonio Gramsci, directivo del partido comunista italiano, apresado por Benito Mussolini (1929 - 1935), desde la prisión se había hecho la pregunta al revés: ¿por qué la revolución basada en la lucha de clases solo había prosperado en Rusia e incluso, cuando se hizo desde el partido nacional socialista en Alemania, la cosa resultó contraria? Su respuesta la dejó condensada en seis tomos de “Los cuadernos de la cárcel”, en los que explica por qué las clases dominantes han mantenido el poder y cómo el proletariado puede construir una hegemonía alternativa para alcanzarlo.
Estos se convirtieron en tema de moda culta en las universidades europeas, y su tesis, acogida por Horkheimer, Herbert Marcuse y otros fundadores de la Escuela de Fráncfort, terminó formulada como “Teoría Crítica”. Con el ascenso del nazismo, estos profesores huyeron de Alemania para ejercer en prestigiosas universidades norteamericanas, desde donde difundieron estas nuevas líneas del pensamiento.
Estamos como el que ve, pero no observa
Se trata de desviar el eje filosófico de la revolución, enfocada en la diferencia y lucha de clases, a uno cuyo objetivo fuera transformar el razonamiento a través de un cambio en la cultura que permitiera, décadas más tarde, que un intelectual normalizara, por ejemplo, que existan otros sexos distintos al biológicamente binario, introduciendo -una nueva construcción gramatical- el concepto de género; o el cambio de padre, madre y familia tradicional por otros modelos, logrado mediante la acusación al opositor de hegemonía, heteronormatividad, patriarcado, violencia y poder. Todo, mientras normalizamos conductas como el consumo de drogas o la llegada de criminales al poder.
La base es la deconstrucción de la realidad partiendo del lenguaje y de una acusación de violencia a quien se oponga al nuevo paradigma. Las universidades constituyeron comités de ética basados en este enfoque sociocultural, en los que se puede juzgar a cualquiera que se desvíe del modelo que obliga a usar el “lenguaje inclusivo”. Pero la evolución es primariamente biológica y lo medioambiental -la historia- es un péndulo; este condicionamiento empieza a ser cuestionado y, en algunos países, están regresando a lo que dicta natura.
