La seguridad no debería ser un nombre propio
Omar García Harfuch duerme en su oficina. No es una anécdota. Es un mensaje de poder.
Después de sobrevivir a un brutal atentado en 2020, convirtió su escritorio en refugio y trinchera. Hoy, como secretario federal de Seguridad, sigue pasando noches ahí, con un soldado armado afuera de la puerta. La escena dice mucho más que cualquier discurso: el Estado se juega su autoridad en una sola persona.
Un perfil reciente del New York Times lo presenta como el rostro de la ofensiva más agresiva del gobierno mexicano contra los cárteles en más de una década. No es gratuito. Harfuch concentra mando, agenda y confianza presidencial como muy pocos antes que él. En los hechos, opera como un zar civil de la seguridad, algo inédito en un país donde ese espacio solía repartirse —o diluirse— entre fuerzas armadas, fiscalías y gobiernos estatales.
Los números respaldan la narrativa oficial. En poco más de un año, las detenciones por delitos violentos, el decomiso de armas y la destrucción de........





















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