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Duelos

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26.03.2026

Hay nostalgia útil e inútil: nostalgia que revitaliza versus nostalgia que revuelve el estómago en vano. Y creo que es fundamental –creo que puede devolvernos la humanidad– sentir esta añoranza que estamos sintiendo por aquellos tiempos en los que todo el mundo estaba de acuerdo en hacer un minuto de silencio cuando la fatalidad nos tomaba por sorpresa. El minuto de silencio, que es una reverencia que se le debe a la tragedia, empezó a ponerse en escena para las víctimas de la Primera Guerra Mundial. Hoy, cuando el presidente de la República culpa a todo lo que se mueva y respire del devastador accidente del avión Hércules de la Fuerza Aérea –que ya ha dejado 69 muertos y 57 heridos–, hay que reivindicar la compasión que sabe bajar la cabeza y contener el protagonismo ante el dolor.

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Si la nostalgia sigue siendo este vaivén de la tristeza a la reivindicación, este malestar por lo que se fue para que regrese vuelto algo mejor, esta herida que se asoma de nuevo para que venga por fin la cicatriz, entonces estamos obligados a recordar una cultura que se negaba a deshonrar a las víctimas: una cultura que no había sido empobrecida por manadas bestiales que, en vez de hacer juntos miles de minutos de silencio por los 6.402 falsos positivos y los 18.677 niños reclutados por las antiguas Farc, se parapetan detrás de unas cifras que nos doblegarían de dolor si las pensáramos un poco. Hay que huir de una vez, ya mismo, de cualquier causa política que profane el drama ajeno: que deshumanice. Desde la Segunda Guerra fue claro que hay que dejar de seguir órdenes de líderes fanáticos como si fueran simples órdenes.

Cuál es la gracia de una sociedad que ni siquiera es capaz de ponerse de acuerdo en sus minutos de silencio: en sus duelos.

Y hay que volver a pensar por uno mismo. Cuando nos descubrimos justificando violencias o encogiéndonos de hombros ante los daños colaterales de las ideas que defendemos, cuando el antipetrismo nos alcanza para celebrar a los negacionistas de la guerra o el antiuribismo nos empuja a excusar a los traidores de la democracia, cuando las víctimas de los conflictos armados y los accidentes aéreos y las agresiones sexuales no nos sirven para llenarnos de nostalgia por la convivencia, por la vida, por la igualdad, sino para darles fuerza a nuestros sesgos, ha llegado la hora de hacerles un minuto de silencio tanto a nuestra cordura como a nuestra piedad: han quedado sepultadas bajo aquella “banalidad del mal” que fue un hallazgo en los días útiles e inútiles de los juicios de Núremberg, pero que sigue siendo, sobre todo, una advertencia.

El domingo nació un movimiento de valientes reporteras de nuestros medios, #YoTeCreoColega, sintonizado con el #NoesHoradeCallar que el coraje de Jineth Bedoya puso en marcha hace quince años y con el #YoTambién que llegó hace nueve a despertar este mundo tan habituado a la violencia de género: busca que, luego de los casos señalados en Caracol Televisión, no se desfallezca a la hora de denunciar los acosos sexuales que nadie se atrevía a denunciar. El lunes más de cien periodistas colombianas firmaron un comunicado –que tuvo eco en las representantes del Pacto Histórico– sobre las supuestas acciones del director de RTVC para silenciar a las denunciantes. En las redes, reino de los dobles raseros, se les creía a las víctimas dependiendo de cuáles fueran los victimarios. Pero salían a flote las preguntas claves.

De qué sirve dedicarse al oficio de criticar el poder –de qué sirve dedicarse al arte, a la academia, al periodismo, a la política– si no es para conjurar todas las violencias y para cerrarles el paso a todos los abusos. De qué sirve una presidencia que no es responsable de nada. Y, de paso, cuál es la gracia de una sociedad que ni siquiera es capaz de ponerse de acuerdo en sus minutos de silencio: en sus duelos.

@RSilvaRomero

(Lea todas las columnas de Ricardo Silva Romero en EL TIEMPO, aquí)


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