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El que piensa pierde

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23.04.2026

El gancho más eficaz para llamar la atención de las personas y empujar a tomar una postura casi inmediata sobre un hecho o una opinión es la indignación, según un estudio titulado ‘La emoción moldea la difusión del contenido moralizado en redes sociales’, de William J. Brady, profesor de la Northwestern University.

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La investigación mostró que los mensajes que despiertan indignación son los que más fácilmente se vuelven virales en las redes sociales porque son los que más reacciones en forma de clics y comentarios generan, y esto hace que ciertos asuntos parezcan más frecuentes o más graves de lo que son, mientras que otros, realmente importantes, pasan a un segundo plano.

Una tesis parecida la plantean Justin Tosi y Brandon Warmke en su libro Grandilocuencia: el uso y abuso del discurso moral. Allí proponen el término “grandilocuencia moral” para describir ese impulso de usar el lenguaje moral como vitrina, más para mostrarse ante el público que para entender o resolver algo. Ellos hablan de una sociedad donde pesa más el gesto visible de indignarse que la responsabilidad o voluntad real de hacer algo.

Los mensajes cargados de moral barata vestida de indignación han existido siempre, pero las redes sociales, sin duda, les han dado más alcance.

En consecuencia, para esos autores, el uso de la indignación instantánea ha terminado por desplazar la discusión informada, hasta el punto en que cada vez es más difícil disentir sin quedar etiquetado como alguien que está del lado equivocado del debate.

Esa rapidez para juzgar los dilemas morales reales o inventados me hace recordar el colegio, cuando molestábamos con frases como “el que piensa pierde”, o ya en la universidad, cuando decíamos: “Estos son mis principios, y si no le gustan... aquí tengo otros”, expresión que muchos atribuyen a Groucho Marx. Uno las decía en chiste, pero quedaba un mal sabor.

Los mensajes cargados de moral barata vestida de indignación han existido siempre, pero las redes sociales, sin duda, les han dado más alcance. Tal vez lo único que podemos hacer hoy para salir de esta trampa sea escoger mejor los sitios de internet que visitamos y el tiempo que permanecemos en ellos.

Volver a la lectura larga que exige concentración. Cerrar cuentas y salirnos del ritmo de publicación permanente. El camino puede variar, pero si no queremos seguir ahogándonos vale la pena bajarle la velocidad a la reacción y darle más espacio al pensamiento.

(Lea todas las columnas de Natalia Tobón en EL TIEMPO, aquí)


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