El suicidio de nuestra sonrisa | Columna Z
Es fácil olvidar que ninguna de los 8.281 millones de personas que existen en este planeta vive igual que la otra, pero el olvido de esa premisa no te da el derecho de juzgar cómo la otra labra su camino para seguir sonriendo aun cuando le salen lágrimas. Todos vivimos en condiciones diferentes, pensamos diferente y hemos aprendido a entender, actuar y enfrentar el mundo de manera distinta, por lo que resulta absurdo rebajar al otro por la forma en que ha aprendido a vivir su propia vida, reduciendo la vivencia de esta a cosas puntuales y no al gran compendio de experiencias, creencias y vivencias que verdaderamente la componen.
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Es increíble el olvido colectivo que existe ante el hecho de que, en nuestra primera vez en la tierra, muchos tuvimos que aprender a respirar a los pocos segundos de salir de nuestra placenta. Es más, lo que hoy vemos como nuestra forma de comunicación cotidiana, hace varios años era un logro, por el solo hecho de combinar dos sílabas para decir “mamá”. Esa compasión entra a ser una desventaja cuando la sociedad considera que debemos ser personas listas para afrontar todo con “más cabeza y menos corazón”, perpetuando el dolor que muchas veces prácticas, condiciones de vida y diversos elementos dejan y encapsulan en nuestro pecho, todo bajo la premisa de que “así son las cosas y no van a cambiar”.
Es por ello que, al igual que Gramsci, quisiera odiar a los indiferentes, pero no puedo hacerlo, ya que, al igual que la esperanza, la indiferencia entra en la sociedad para poder seguir caminando, aun sabiendo que las cosas no están bien. Tampoco puedo calificarla como la manera fácil de evadir un problema, ya que muchas veces la desesperación y la impotencia de querer levantarte, sin saber cómo hacerlo o sin recursos para lograrlo, son sentimientos difíciles de vivir día a día. Ponerte en una posición de superioridad para juzgar a los indiferentes, sin entender la causa de su ignorancia selectiva, solo te convierte en la persona que, en un inicio, deseas juzgar.
La lucha por la permanencia de la esperanza es necesaria para garantizar justicia en espacios a los que aún no ha llegado.
Entiendo a los indiferentes y el hecho de que sea una postura entendible y posible solo me hace querer comprender cada vez más a las personas que aún conservan la esperanza, ya que a ellas sí no les encuentro sentido. ¿Cómo es posible que, luego de una herida, te levantes aun sangrando y desees evitar que alguien más se siga lastimando? ¿De dónde surge tal fuerza tan descomunal? No odio a los indiferentes, ya que me ayudan a no encontrarle lógica a la esperanza y eso ya es ganancia, cuando por fin podemos ver las cosas con “menos cabeza y más corazón”.
Gracias a la exposición Terca Esperanza, ubicada permanentemente en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación en Bogotá, entendí la importancia de abrazar nuestra ilogicidad como una forma de rebeldía ante el sentimiento mortal de impotencia que intenta dejarnos enfermos en cama y que nos roba las ganas de seguir sonriendo. La esperanza no tiene otro origen que la epidermis de una marca que continúa imaginando un cambio, una llegada, un trato justo, y, debido a la gran variedad de heridas indiscriminadas que este país ha dejado en las personas, la esperanza se adapta en diferentes curaciones para sanar, seguir y, más importante, nunca olvidar.
En la esperanza se cobijan las vidas LGBTIQ+ que desean amar y vivir con tranquilidad, los habitantes de calle que desean una vida digna a pesar de sus errores del pasado, los barrios autoconstruidos frente a su exclusión del mercado formal de vivienda, los estudiantes reclamando lo que les pertenece, los protestantes manifestándose por quienes no están, los activistas ambientales pronunciando las palabras que el viento, por medio de su baile entre las hojas de los árboles, les susurra, las madres que aún esperan a sus hijos. Este amplio manto está tejido colectivamente, como un zapatito de bebé, para quienes aún esperan, ya sea justicia, respuestas, amor, aceptación o a un ser amado.
Es en esas personas, las que utilizan la esperanza como práctica, que está la clave para construir una nueva sociedad. ¿De quién más vamos a guiarnos para seguir caminando si no es en las personas que lo hacen aún con las piernas cortadas? La esperanza es necesaria para buscar luz en lo oscuro y una guía en la desesperación. La llave para abrir la puerta a una nueva sociedad está en el respeto, la aceptación y el amor por esa diferencia que, en lugar de separarnos, nos une como integrantes de un mismo territorio. La lucha por la permanencia de la esperanza es necesaria para garantizar justicia en espacios a los que aún no ha llegado, amor en corazones que aún no ha tocado y para labrar un camino que permita a todas las personas que habitan este mundo una posibilidad real de seguir avanzando y, algún día, con esperanza de que llegue, ya no necesitar de ella para vivir libres, dignos y amados.
* Estudiante del programa de Comunicación Social - Periodismo de Utadeo.
