Por fin otra vez
El tiempo es una de las grandes invenciones de la humanidad, y viceversa, y hay muchas maneras de medirlo y de contarlo: los antiguos solían escoger la primavera como el punto de partida del año, y se organizaban en torno a esa idea cíclica y circular en la que todo habría de volver al mismo sitio, para siempre: una vuelta entera alrededor del Sol, año tras año, mientras la Luna desgajaba, como una enamorada, la esquiva margarita del día y de la noche.
(Le puede interesar: Universos para lelos).
Esa es la obviedad del tiempo como un capricho o un mandato de la naturaleza: la luz y la oscuridad primigenias que iban y venían y daban esa primera impresión de un orden repetitivo que luego se enmarcaba en las estaciones y las épocas del año y la cosecha, la ilusión de un calendario que les obedecía al Sol y las demás estrellas, como dice Dante en el final de la Comedia cuando su autor y narrador sale por fin del Paraíso.
Pero también en la Antigüedad había otras formas de medir el tiempo, unas que........
