menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

¡Qué vergüenza!

18 0
24.02.2026

La condena a Leonidas Bustos, expresidente de la Corte Suprema de Justicia, a diez años de prisión por su participación en el ‘cartel de la toga’ no es una noticia más. Es una cicatriz del Poder Judicial. Un punto de quiebre que deja al descubierto hasta dónde puede llegar la degradación cuando el poder se separa de la ética y cuando la autoridad cree que la ley es un instrumento para administrar favores y no para impartir justicia. Que quien presidió el máximo tribunal de este país haya sido condenado por concierto para delinquir y cohecho no es una anécdota penal: es la constatación de que la justicia también puede corromperse desde su cúspide.

(Le puede interesar: Las consultas, a prueba).

Lo que ocurrió fue brutal. Magistrados que terminaron negociando decisiones judiciales. Procesos que avanzaban, se congelaban o se enterraban según el tamaño del soborno. La justicia –símbolo de independencia, sobriedad y rectitud– reducida a mercancía. Bustos no fue una anomalía aislada; fue parte de un engranaje que operó durante años con intermediarios, tarifas, jerarquías y beneficios claramente definidos.

A su alrededor se consolidó un elenco que explica la magnitud del daño. Exmagistrados como Francisco Ricaurte y Gustavo Malo, ya condenados, y el exfiscal anticorrupción Luis Gustavo Moreno. Durante un tiempo, el sistema funcionó torcido y sin pudor. Y cuando eso ocurre en la cúspide judicial, insisto, el daño no es técnico ni coyuntural; es moral, estructural y profundo.

Cuando la toga se alquila, no solo se corrompe un juez; se rompe el contrato democrático y se normaliza el cinismo como regla.

Desde entonces he insistido en algo que incomodó a muchos: el ‘cartel de la toga’ no podía tratarse como un escándalo pasajero ni como una simple manzana podrida. Lo escribí cuando advertí que el mayor daño no estaba solo en los procesos vendidos, sino en la confianza ciudadana que se rompía en silencio. Cuando señalé que la justicia estaba perdiendo autoridad no por falta de normas ni de competencias, sino por falta de ejemplo.

La condena llega tarde y con el corrupto de Bustos prófugo. Tarde para las víctimas, tarde para la credibilidad institucional, tarde para un país cansado de esperar decisiones ejemplares. Pero, por otra parte, hay que decirlo, llega por el único camino que podía darle sentido: la propia justicia juzgando y condenando a uno de los suyos. No hubo tribunales externos ni atajos políticos. Hubo jueces corrigiendo el rumbo y dejando constancia de que la toga aún puede limpiarse desde adentro, aunque cueste y aunque duela.

Ese gesto importa hoy más que nunca. Porque mientras sectores del poder político –incluido el presidente Gustavo Petro y algunos de sus funcionarios– buscan deslegitimar, presionar o desacreditar decisiones judiciales incómodas, hay magistrados que están haciendo exactamente lo contrario de lo que hicieron Bustos y compañía: honrar la toga, fallar con independencia y tratar de reconstruir autoridad en medio del descrédito heredado. Rodear hoy a la justicia no es tapar sus errores pasados; es impedir que esos errores se usen como excusa para someterla.

La lección final es inaplazable. La justicia debe ser implacable consigo misma y tremendamente exigente al escoger a quienes la integran. No bastan hojas de vida brillantes, consensos de conveniencia ni equilibrios políticos. Se necesitan carácter probado, independencia real y una ética capaz de resistir poder, aplauso y miedo. Porque cuando la toga se alquila, no solo se corrompe un juez; se rompe el contrato democrático y se normaliza el cinismo como regla. Y un país que acepta eso empieza a perderse sin darse cuenta. La justicia, esta justicia, está resarciendo la vergüenza que Bustos y su pandilla significaron para el país.

(Lea todas las columnas de José Manuel Acevedo en EL TIEMPO, aquí)


© El Tiempo