¿De qué sirve educar si no es para el futuro?
En los últimos años, la educación ha estado atrapada en una especie de espejismo. Hablamos del futuro, lo nombramos en discursos institucionales, lo dibujamos en planes curriculares… pero seguimos enseñando como si nada hubiera cambiado. De cierta manera, la pandemia sacudió esa ilusión, nos enfrentó a una verdad incómoda: muchos de nuestros métodos, contenidos y objetivos estaban anclados en un mundo que ya no existe.
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Fue en medio de esa sacudida que, junto con Joaquín Granados y un equipo interinstitucional del Politécnico Grancolombiano, decidimos hacernos esta pregunta: ¿cómo nos estamos educando para el futuro? No bastaba con intuir respuestas; queríamos evidencias, datos, tendencias; queríamos mirar no lo que decimos sobre educación, sino lo que realmente estamos investigando sobre ella.
Analizamos cientos de publicaciones académicas, rastreamos patrones en bases de datos internacionales, cruzamos palabras clave como educomunicación, futuros, alfabetización digital y resiliencia educativa. Lo que encontramos fue revelador y preocupante.
Primero: la mayoría de la producción científica sobre “educación para el futuro” proviene del norte global y está escrita en inglés. América Latina, con todos sus desafíos sociales y educativos, apenas figura en el mapa de esta conversación. ¿Qué futuro estamos construyendo si casi no se escribe desde nuestras realidades?
Segundo: hay una profunda desigualdad en la autoría. Un pequeño grupo de investigadores concentra buena parte de las publicaciones, repitiendo entre ellos mismos los marcos, las preguntas y las visiones del mundo. En otras palabras: investigamos para el futuro, pero con lentes del presente… y desde una sola esquina del planeta.
Tercero: la pandemia fue un punto de inflexión. A partir de 2020, la producción académica sobre educación se disparó. La crisis sanitaria nos obligó a repensarlo todo: cómo enseñamos, cómo aprendemos, qué papel juega la tecnología y, sobre todo, qué tipo de sociedad estamos formando desde las aulas.
La escuela del futuro no puede ser una fábrica de títulos ni un museo de contenidos del siglo XX. Debe ser un espacio de encuentro entre disciplinas, generaciones y contextos.
Pero el problema es que no basta con investigar más. Hay que investigar distinto. Nuestra investigación concluye que la educación para el futuro tiene que ser socialmente consciente, interdisciplinaria y sostenible. No es un asunto de cambiar plataformas o añadir materias digitales. Es una transformación de fondo.
Necesitamos que la educación conecte con las realidades de cada territorio, que dialogue entre saberes, que no se limite a reproducir contenidos, sino que forme para pensar, para actuar y para cuidar. Que forme no solo profesionales, sino ciudadanos capaces de afrontar un mundo incierto, desigual y cambiante.
La escuela del futuro no puede ser una fábrica de títulos, ni un museo de contenidos del siglo XX. Debe ser un laboratorio vivo, un espacio de encuentro entre disciplinas, generaciones y contextos. Y eso no se logra con voluntarismo, sino con política educativa decidida, con inversión en ciencia desde el sur, con una comunidad académica que deje de mirarse el ombligo y comience a mirar el planeta.
Latinoamérica no puede seguir siendo espectadora de la conversación global sobre educación. Tenemos preguntas propias, heridas abiertas, soluciones creativas. Lo que falta es visibilidad, articulación y apuesta decidida.
En este punto, la pregunta ya no es si debemos cambiar la educación, la pregunta es si nos atrevemos a hacerlo en serio. Porque educar para el futuro no es una tendencia, es una urgencia.
* Docente e investigador del Politécnico Grancolombiano
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