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Nos hablan como protagonistas, pero decidimos como espectadores

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14.04.2026

Me imagino que, al leer el título, pensaste que esto sería otra crítica más a la política. Y quiero decirte que efectivamente, sí lo es. Pero también es una invitación incómoda: preguntarnos qué tan real es la participación que creemos tener.

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Porque hay algo que se repite elección tras elección. De repente, los jóvenes estamos en todas partes: en los discursos, en los videos, en las redes, en las fotos. Nos hablan, nos incluyen, nos prometen. Todo parece indicar que somos importantes.

Y claro, aparece la frase de siempre: “los jóvenes son el futuro del país”. Esta frase suena bien; incluso se podría decir que es “motivadora”, pero, siendo honestos, ¿no cansa un poco?

Porque mientras nos dicen que somos el futuro, el presente sigue avanzando sin nosotros. Se toman decisiones, se definen prioridades, se construye el país… y muchas veces no estamos ahí. Entonces, la pregunta es inevitable: ¿en qué momento dejamos de ser el futuro y empezamos a ser parte real del presente?

No es que los jóvenes estemos desconectados; al contrario, opinamos, debatimos, cuestionamos, nos informamos. Estamos ahí, todo el tiempo. Pero, siendo honestos, ¿cuántas veces sentimos que eso realmente influye en las decisiones que se toman?

La política también ha entendido estos cambios y ha empezado a adaptarse. Hoy vemos a políticos en redes sociales, creando contenido en TikTok, una de las plataformas más influyentes del momento, siguiendo tendencias, usando stickers e incluso intentando hablar como los jóvenes. Y aunque a veces resulte un poco forzado, uno termina pensando: bueno… al menos lo están intentando, pero después surge otra duda: ¿eso es suficiente?

Porque una cosa es usar nuestro lenguaje y otra muy distinta es entender nuestras realidades. Una cosa es aparecer en un video y otra es tomar decisiones que realmente nos incluyan. Y ahí es donde la conversación se vuelve más seria.

Según la Registraduría Nacional del Estado Civil, la abstención en Colombia ha sido históricamente alta. Siempre se dice que es apatía. Pero, ¿y si no es tan simple? ¿Y si también es una forma de decir “esto no me representa”?

¿Qué tan fuerte puede ser una democracia en la que una parte importante de su gente sigue siendo vista como “el futuro”, pero no como parte del ahora?

Decir esto incomoda, porque nos han enseñado que votar es casi una obligación moral. Y sí, es importante. Pero también es válido reconocer que no siempre se siente como una elección libre, sino como escoger entre opciones que no convencen del todo.

Y aquí viene otra pregunta incómoda: ¿cuántas veces votamos convencidos… y cuántas veces votamos resignados?

Ojo, esto no es una invitación a no votar. Pero tampoco es justo decir que quien no vota es automáticamente antipolítico. Porque ser antipolítico no es cuestionar. Ser antipolítico sería no preguntar, no incomodarse. Y eso es justamente lo que esta generación sí está haciendo.

El problema es que quedarse en la crítica tampoco cambia nada. Porque, mientras unos dudan, otros deciden. Y las decisiones se toman igual, con nosotros o sin nosotros.

Entonces, todo se vuelve más complejo. No es tan fácil como decir “participa” o “no participes”. Es preguntarse cómo estamos participando y qué tan en serio nos están tomando.

Porque si la política quiere que los jóvenes estén, tiene que hacer algo más que buscarlos en campaña. Tiene que dejar de tratarlos como una promesa lejana y empezar a reconocerlos como actores reales en el presente.

Y aquí es donde vale la última pregunta, tal vez la más importante: ¿qué tan fuerte puede ser una democracia en la que una parte importante de su gente sigue siendo vista como “el futuro”, pero no como parte del ahora?

No es una pregunta cómoda. Pero ignorarla tampoco la desaparece.

* Estudiante de Derecho

(Lea todas las columnas Z, aquí)


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