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Milei en su peor momento

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20.04.2026

Opinión Milei en su peor momento

Jorge Luis Borges decía que los espejos eran aborrecibles, entre otras cosas, porque siempre devolvían una amenaza. La sospecha inquietante de que el reflejo en algún momento podía comenzar a independizarse del cuerpo. Algo de eso ocurre con el Gobierno de Javier Milei. Conserva la pose, los gestos, la narrativa exaltada con la que desembarcó en la Casa Rosada. Pero el doble ya no obedece. El relato avanza por un lado y la experiencia social por otro. En esa separación comienza el verdadero desgaste de un poder: formalmente no pierde el mando, pero ya no tiene la capacidad de nombrar lo que pasa en el país.

Durante meses el oficialismo vivió de una promesa sencilla, brutal y eficaz: soportar para salir. La pedagogía del sacrificio. Aguantar la licuación de ingresos, la poda del gasto, la demolición de la obra pública, con la expectativa de una recompensa futura. Aquel contrato precario dependía de una condición: que la realidad ofreciera alguna evidencia de redención. Esa evidencia era, sobre todo, la inflación. Mientras el índice se desacelerara o, por lo menos, se mantuviera estable, el sufrimiento podía ser contado como una estación transitoria. 

El dato de inflación de marzo cayó como una astilla en el centro del discurso oficial. El Índice de Precios al Consumidor subió 3,4% en el mes, acumuló 9,4% en el primer trimestre y 32,6% interanual. Los precios regulados treparon 5,1%, empujados por transporte, tarifas y educación. No se trata del viejo incendio inflacionario argentino, pero sí de un golpe político preciso: el Gobierno había hecho de la desinflación su certificado de legitimidad. Milei mismo reconoció en estos días “problemas económicos” y pidió “paciencia”, señal de que la autosuficiencia de otro tiempo empezó a resquebrajarse. 

La inflación dejó de ser el único lenguaje del malestar. La última encuesta de la Universidad de San Andrés mostró que los bajos salarios y la falta de trabajo pasaron a encabezar las preocupaciones sociales

La inflación, además, dejó de ser el único o el principal lenguaje del malestar. La última encuesta de la Universidad de San Andrés mostró a fines de marzo que los bajos salarios y la falta de trabajo pasaron a encabezar las preocupaciones sociales. Es un corrimiento decisivo. Si a una inflación que nunca termina de irse como problema se suman los ingresos y el empleo, entra en discusión el sentido entero del programa económico. 

Ese sentido resulta cada vez más difícil de defender en el terreno de la economía real. En febrero, la industria manufacturera cayó 8,7% interanual y 14 de 16 ramas terminaron en baja; el acumulado del primer bimestre marcó una contracción del 6%. Al mismo tiempo, la tasa de desocupación llegó al 7,5% en el cuarto trimestre de 2025. El consumo, ese plebiscito silencioso que se vota todos los días en el changuito [carro de supermercado], tampoco acompaña: las ventas minoristas cayeron 0,6% interanual en marzo y completaron........

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