‘Euphoria’: hijas de la pesadilla americana
Opinión ‘Euphoria’: hijas de la pesadilla americana
Hay pocas cosas más imponentes en el imaginario social que una promesa. Las promesas están para cumplirlas. Las promesas, de hecho, se cumplen. Por eso cuando se rompe una promesa lo que viene detrás suele estar vinculado al dolor y la desorientación. Si pensamos en el ámbito individual, se nos pueden ocurrir miles de ejemplos e historias donde la traición sobre una promesa desataron odiseas tan largas y extenuantes como la de Homero. Sin embargo, no vengo hoy a hablar del engaño sobre una promesa como traición entre dos personas, sino como una mentira que oculta el espíritu de la opresión social. Y para ello caminaremos a través de una de las expresiones culturales más características de nuestro tiempo, la serie Euphoria.
La controvertida serie de Sam Levinson nos conduce durante tres temporadas hacia la vida de diferentes personajes adolescentes (que en su última temporada ya son adultos), sus traumas y adicciones. Las personas que protagonizan dicha historia son residentes de la ficticia ciudad californiana de East Highland.
La icónica California. Hay pocos estados dentro de Estados Unidos que simbolicen de manera tan contundente aquella promesa que se fue gestando en el corazón del capitalismo durante la segunda mitad del siglo XIX. Tras la invasión estadounidense de California en 1846, despojando del territorio a la joven República Mexicana, Estados Unidos se apropió de uno de los enclaves más característicos de su historia. Entre 1848 y 1849 la famosa fiebre del oro generó una inmigración masiva hacia dicho territorio. Es curioso cómo esa materia prima, el oro, un fetiche simbólico de la codicia y el valor casi espiritual que el dinero iba tomando en el capitalismo, fue el pistoletazo de salida para constituir a una de las regiones más feroces del propio capital. Para hacernos una idea de lo atestiguado, si California fuera un país independiente a día de hoy sería la quinta economía del mundo.
Cuando las promesas se rompen dejan un reguero de sufrimiento que puede llenar el mar de sangre, bilis y lágrimas. En el trauma por la comprensión de la mentira del sueño americano nace ‘Euphoria’
En estas tierras áridas se gestó la promesa del capitalismo norteamericano. El progreso capitalista, subido a lomos de su magnífico corcel llamado meritocracia, prometía la verdadera venida del paraíso celestial en la Tierra. Pero cuando las promesas se rompen dejan un reguero de sufrimiento que puede llenar el mar de sangre, bilis y lágrimas. En el trauma por la comprensión de la mentira del sueño americano nace Euphoria, y para ello tan solo tenemos que irnos a sus primeros dos minutos de metraje, donde Rue (interpretada por Zendaya) narra en off la triste historia de la caída de la promesa del capitalismo norteamericano mientras, literalmente, sale de la vagina de su madre: “Nací tres días después del 11-S. Mi madre y mi padre se pasaron dos días en el hospital meciéndome a la luz del televisor y viendo caer aquellas torres una y otra vez, hasta que la pena dio paso a la indiferencia, y entonces de repente me encontré siendo una niña de clase media en una casa de las afueras (…) No recuerdo gran cosa entre los ocho y los doce años, solo que el mundo iba deprisa y mi cerebro despacio, y que de vez en cuando, si me centraba demasiado en respirar, me moría. Hasta que acabé pasando todo el santo día intentando superar la ansiedad (…). Un día, sencillamente, aparecí sin mapa ni brújula. Igual os parece triste, ¿pero sabéis qué? Yo no inventé este sistema, y tampoco lo jodí”.
El 11 de septiembre de 2001, las Torres Gemelas se desplomaron a causa del choque de dos aviones. El vuelo 11 de American Airlines impactó contra la torre norte, y el vuelo 175 de United Airlines hizo lo mismo contra la torre sur. En total, Al-Qaeda había secuestrado cuatro aviones, dos impactaron contra las Torres Gemelas, un tercero contra el Pentágono y el cuarto cayó en Shanksville después de que los pasajeros intentaran recuperar el control. 2996 personas murieron ese día y un zarandeo sobre la promesa del edén estadounidense se produjo. El país de la libertad, los que ganan las guerras y salvan al mundo, el epicentro de la civilización occidental, el corazón de todo lo que está bien en esta época de progreso capitalista, había sido atacado y herido.
Más traumas siguieron al fatídico atentado del 11-S. El segundo milenio no daba respiro y el 29 de agosto de 2005, el huracán Katrina entraba arrasando todo a su paso desde la costa de Louisiana, atravesando especialmente Nueva Orleans. Alrededor de 1.800 personas fallecieron, además de millones de desplazados y pérdidas económicas estratosféricas (esto último algo fundamental para la promesa del capital). El trauma del Katrina se agrandó bajo la clara evidencia de que las autoridades........
