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La geopolítica en la integración latinoamericana

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02.03.2026

América Latina ha sido, históricamente, un escenario en el que las aspiraciones de integración regional colisionan con las dinámicas geopolíticas que la atraviesan. Desde los primeros proyectos bolivarianos del siglo XIX hasta los mecanismos contemporáneos como la CELAC, el MERCOSUR o la UNASUR, la región ha intentado construir arquitecturas de cooperación que, con frecuencia, han cedido ante las presiones externas y las fracturas internas.

Comprender por qué la integración latinoamericana ha permanecido inconclusa exige analizar el peso estructural de la geopolítica sobre sus procesos políticos.

En primer lugar, es necesario reconocer que América Latina no opera en un vacío estratégico. El politólogo brasileño Samuel Pinheiro Guimarães (2005) sostuvo que "la geopolítica es el campo donde se expresan los intereses de las grandes potencias sobre las regiones periféricas y donde los países en desarrollo deben ejercer su autonomía con inteligencia estratégica". Esta afirmación resulta especialmente pertinente para la región, donde la presencia histórica de los Estados Unidos - a través de la Doctrina Monroe, la política del Gran Garrote y, más recientemente, los tratados de libre comercio - ha condicionado de manera decisiva los márgenes de maniobra de los proyectos integracionistas.

No obstante, sería un error reducir la problemática exclusivamente a la influencia norteamericana. El académico argentino Atilio Borón (2012) argumentó que "las élites latinoamericanas han sido actores cómplices en la fragmentación regional, al privilegiar sus vínculos con los centros de poder global sobre la construcción de una identidad política común". Esta concepción pone de relieve una dimensión endógena del problema: las asimetrías ideológicas entre los gobiernos de la región —particularmente evidentes durante las oleadas del denominado "giro a la izquierda" y su posterior reflujo— han producido una integración selectiva, funcional a coyunturas políticas y no a proyectos de largo aliento.

A esto se suma el rol creciente de potencias extrarregionales. China, en particular, ha intensificado su presencia mediante inversiones en infraestructura, acuerdos comerciales bilaterales y cooperación en tecnología. La investigadora mexicana Ana Covarrubias (2018) indicó que "la penetración económica china en América Latina redefine las relaciones de dependencia, pero no necesariamente las supera; las transforma en una nueva modalidad de inserción periférica". En consecuencia, la disputa por la influencia sobre la región entre Washington y Beijing añade una variable de complejidad que los organismos de integración regional han sido incapaces de gestionar con una voz unificada.

Por otro lado, la fragmentación geopolítica interna también opera como obstáculo. El teórico uruguayo Alberto Methol Ferré (2009) expuso que "Latinoamérica solo podrá constituirse como potencia si supera la lógica de los Estados - nación aislados y avanza hacia una voluntad política continental". Sin embargo, las disputas territoriales demuestran que los intereses nacionales siguen primando sobre los regionales. La soberanía, lejos de ser un concepto superado, continúa siendo el eje articulador de las políticas exteriores latinoamericanas.

Frente a este panorama, cabe preguntarse si existe alguna salida viable. La politóloga colombiana Socorro Ramírez (2008) planteó que "la integración latinoamericana requiere pasar de la retórica de la solidaridad a la construcción de instituciones supranacionales con capacidad real de arbitraje y ejecución". Esta propuesta implica una cesión de soberanía que, en el contexto actual, pocos gobiernos están dispuestos a aceptar. No obstante, también revela una verdad incómoda: sin institucionalidad robusta, la integración será siempre rehén de los ciclos electorales y de las afinidades ideológicas coyunturales.

En definitiva, la geopolítica no es simplemente el telón de fondo de la integración latinoamericana: es uno de sus protagonistas más determinantes.

La región enfrenta el desafío de construir una agenda común en un sistema internacional cada vez más competitivo y multipolar, donde las grandes potencias utilizan los espacios de integración como tableros de sus propias disputas. Superar esta condición exige no solo voluntad política, sino también una reflexión honesta sobre las limitaciones estructurales que han impedido, hasta ahora, que América Latina hable con una sola voz en el concierto internacional.


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