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Pesadillas 'woke'

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21.09.2025

Valentí Puig

Escritor y periodista.

El analista político y crítico cultural, David Rieff, hijo de Susan Sontag, en 2016.

La posmodernidad nos tiene acostumbrados a fenómenos que parecen epidérmicos pero que acaban definiendo una época. Así fue mayo de 1968: tenía todo el aspecto de un acné del capitalismo mientras lo importante eran – y lo eran- los tanques soviéticos en Praga, aunque al final muchos desperfectos ya permanentes proceden de aquel psicodrama en las calles de Paris y en las aulas de Berkeley. El 'wokismo' se ha impuesto en Occidente ya después de la caída del Muro de Berlín, como un placebo progresista.

Ahora llevamos un tiempo lastrados por la escenografía del 'woke' y la corrección política. Con un fuselaje intelectual de primera magnitud, en el ensayo 'Deseo y destino' David Rieff ha explorado los recovecos del 'wokismo', las políticas identitarias, la moral del 'kitsch', la ideología de género o las nuevas censuras. El método de Rieff es la inteligencia airada, la pasión rigurosa. Como dice, hemos sustituido al gran Inquisidor por el gran Terapeuta.

Eso ya ha sedimentado con una dimensión que era impensable cuando solo sospechábamos que vivíamos un cambio de costumbres. Pero la experiencia demuestra que la mutación de las costumbres acaba siendo una fractura. Una moda universitaria pasajera se convierte en una forma de censura, los eufemismos alteran el discurso crítico.

¿Existe también un capitalismo 'woke'? Todo suma: la denigración de la alta cultura, el lenguaje inclusivo en Disneyland, los derechos de 'boutique' para identidades 'boutique', la escuela 'wokizada', la idea de que con creerse sincero uno ya posee la verdad. Nos es obligado creernos víctimas –dice Rieff con energía aforística- para no ser vistos como opresores, al igual que todo deseo ha de ser considerado un derecho. Mientras tanto, las nuevas autocracias ensayan disfraces. Eso va de la mano del absolutismo moral. Todo anida y se expande en las redes.

Se trata de dar máxima relevancia a lo que sea más intrascendente, sin pasado, con identidades a la carta, elección de género y aulas inclusivas. De modo flagrante, lo 'woke' pretende dar marchamo moral a deshacerse de todo lo que sea culturalmente difícil. La cultura se entiende ahora como consumo instantáneo, sin involucrarse existencialmente. El esfuerzo individual ya no cuenta para plantearse incógnitas vitales porque ahí puede asomar un trauma. Entran en escenas generaciones fragilizadas e hipocondríacas.

¿Hasta cuándo va a durar la nueva ortodoxia? Por ahora, lo que hay es el efecto a corto plazo de acción-reacción y eso no tiene una perspectiva de profundidad y consistencia. El 'anti-woke' resulta más reactivo que sustancioso. Más allá del apocalipsis y catacumbas, quizás convenga recuperar las lecciones de la razón razonable.

Son dilemas que atañen a varias generaciones a la vez y sus respuestas chocan entre sí. Rieff dice lo que vivimos no es '1984' de Orwell ni 'Un mundo feliz' de Aldous Huxley, sino '1984' reescrito por Huxley. El desafío más 'woke' son los bibliotecarios que –al modo del aviso de muerte en los paquetes de cigarrillos- les pegan a '1984' y 'Un mundo feliz' una advertencia de peligro para el lector. De ahí al ocaso de la cultura, el interfaz ya está a punto.

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