Vuelta al papel
Opinión | El ruido y la furia
Una chica lee un libro / Freepik
He contado alguna vez aquella historia de Bernabé Fernández-Canivell, a quien con justicia llamaron «Impresor del Paraíso», que trasladó una biblioteca completa de varios miles de volúmenes en un pequeño canasto de mimbre, todo para asegurarse de que ningún libro, especialmente los de edad más avanzada, sufriese daño.
Indudablemente vivimos otros tiempos. Ahora la biblioteca del abuelo es un engorro del que es difícil (pero por lo visto imprescindible) desprenderse, una herencia indeseada con la que nadie quiere cargar. Las bibliotecas públicas no aceptan donaciones y las librerías de viejo están saturadas. He visto años de amor bibliófilo apilados junto al contenedor de basura, ni siquiera en el correcto, y he llorado amargamente porque no se me ocurre peor destino para lo que yo llamo, sin exageración de ningún tipo, mi familia numerosa.
Ahora que todo es digital y etéreo los libros estorban por todas........
