El olor del verano
Opinión | El lápiz de la luna
Elizabeth López Caballero
Niños participando en las actividades de verano de CaixaProinfancia. / Alvaro Cabrera
De niña me encantaba saber de cuánto tiempo disponía para jugar o para no hacer nada, y el verano era mi época favorita para sacar esas cuentas. Por aquel entonces un día no eran solo veinticuatro horas. Era una extensión del universo en la que perderte y encontrarte cientos de veces. Las obligaciones eran escasas: deporte por la mañana y una hora de cuadernillo Santillana por la tarde. El resto del tiempo se dilataba hasta que me aburría de jugar o me vencía el sueño. Aunque las vacaciones oficialmente empezaban el veintidós de junio, para mí el verano no llegaba hasta que el viento me traía su aroma. Y no. No era el olor a protector solar ni a salitre. Era -y es- un olor diferente. Un perfume que llega de repente: al abrir una ventana, al doblar una esquina, al bajar una calle. No es una esencia cítrica ni dulzona y no se suele repetir en........
