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Arvo Pärt: aprender a escuchar el silencio

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18.08.2026

El silencio que no es vacío

¿En qué momento dejamos de soportar el silencio?

Tal vez no lo sabemos. Encendemos el teléfono mientras esperamos el ascensor, ponemos música cuando estamos solos, revisamos mensajes durante una comida, miramos una pantalla antes de dormir. El silencio aparece y casi inmediatamente buscamos algo que lo cubra.

Nos hemos acostumbrado a vivir acompañados por una corriente permanente de sonidos, imágenes, noticias y conversaciones. La hiperconexión nos permite saber qué ocurre a miles de kilómetros, pero no siempre nos deja tiempo para preguntarnos qué ocurre dentro de nosotros.

Por eso la música de Arvo Pärt puede resultar, al principio, extraña.

No porque sea difícil, sino porque no tiene prisa.

Para quien nunca haya escuchado al compositor estonio, puede producir incluso cierta incomodidad. Una nota aparece, permanece, se extingue. Después queda un espacio. Y esperamos que suceda algo.

O, mejor dicho, sucede otra cosa: empezamos a escuchar el espacio.

Pärt nació en Estonia en 1935. Durante sus primeros años como compositor exploró diferentes lenguajes musicales y atravesó experiencias compositivas muy distintas. En 1968, con Credo, llegó a un punto de ruptura. Después comenzó un largo período de búsqueda en el que se apartó de la actividad compositiva pública y volvió su atención hacia la música antigua y hacia su propia vida espiritual.

Estudió el canto gregoriano y la polifonía medieval y renacentista. Su relación con la tradición cristiana ortodoxa se hizo cada vez más profunda.

Fue un silencio fértil.

A veces la vida también nos obliga a entrar en períodos semejantes. Hay momentos en los que las respuestas conocidas dejan de servir. Lo que antes parecía claro se vuelve confuso. No sabemos todavía qué vendrá después.

Desde fuera puede parecer que no ocurre nada.

Pero quizá allí empieza algo.

De aquella búsqueda surgió el tintinnabuli, el lenguaje musical que Pärt desarrollaría a partir de 1976. La palabra significa ‘campanillas’. Su construcción es rigurosa y sencilla: una línea melódica se relaciona con las notas de una tríada. Pero lo que importa para el oyente no es tanto comprender el procedimiento como experimentar su resultado.

Una música en la que cada sonido parece tener un peso específico.

Für Alina, de 1976, fue la primera obra de este nuevo período. Escucharla es entrar en un mundo donde los sonidos no compiten entre sí. Hay........

© El País