La generación de cristal somos nosotros
Son las diez de la noche y en el cuarto de mi hija se filtra una luz azulada. Terminó el colegio, el entrenamiento, las tareas, la mesa que le tocaba levantar. Cualquiera diría que, en vacaciones su jornada acabó. No, acaba de empezar su segundo turno.
A ese turno no lo contrata nadie y no paga sueldo. Exige mantener un estándar de belleza que cambia cada semana. Exige parecer independiente sin haberlo sido nunca. Exige sobrevivir a la indirecta pública, al silencio calculado de alguien que dejó de mirar sus historias, al chico que aparece y desaparece como un truco de magia, al grupo que ignora con puntería de francotirador. Y exige hacerlo todo con cara de que no cuesta nada, porque ahí adentro mostrar esfuerzo es perder puntos. Es trabajo emocional a destajo. Lo hacen millones de adolescentes y jóvenes cada noche, justo cuando los adultos creemos que por fin descansan.
Frente a eso, los adultos encontramos una etiqueta cómoda: “generación de cristal”. La expresión, atribuida a la filósofa española Montserrat Nebrera, describe a adolescentes y jóvenes supuestamente frágiles, sobreprotegidos, incapaces de tolerar la frustración. La frase prendió porque resuelve un problema complejo con dos palabras y nos deja a los adultos del lado “correcto” del espejo. Es cómodo como echarle ají al guiso de fideo para tapar que la carne está dura: ayuda a tragar, pero el problema........
