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Posdata al bolivianismo

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19.02.2026

Al final de la vida de Bolívar, cuando estaba enfermo en Santa Marta, recapituló así su periplo revolucionario: “He arado en el mar y he sembrado en el viento”. Y agregó que lo único que le quedaba era emigrar. San Martín, el libertador de Chile por supuesto, ya había emigrado.

La Gran Colombia estaba desintegrándose y la Nueva Granada quedaba con una deuda, fruto del empréstito inglés, mucho mayor de la que jamás había tenido con España… ¿Qué había pasado?

Desde entonces, los políticos menores que se sucedieron en Suramérica siguieron girando en la órbita de las potencias, es decir también emigraron, solo que no se habían trasteado.

Eso ocurría cuando el imperio español, tras cuatro siglos de grandeza, entraba en su lento declive. Los países que se adelantaron a romper con él entraron en una penumbra de conflictos internos, deudas, y estancamiento. Pasaron de virreinatos a ser clientes como colonias de potencias explotadoras.

El actual declive de Estados Unidos se evidencia en los mismos síntomas, que se repiten como si fuese la presentación de una tragedia griega. Su guion imperial se convierte en un fatum: división interna, violencia, endeudamiento, guerras continuadas, decadencia. Pero la nación aliada que rompe demasiado temprano con ese imperio herido, sufre las consecuencias como les ocurrió a las naciones suramericanas tras las guerras de independencia contra España. Tal como lo reconoció con dolor Bolívar y, antes que él, el ecuánime San Martín.

Ese “adelantamiento” puede ser demasiado oneroso para varias generaciones, como lo demuestra el caso de Cuba, que completa 69 años en la indigencia. Cuya emigración a la Florida logró que ese estado mediocre se convirtiera en uno de los más pujantes de la unión norteamericana. Bastaba con tener otro modelo económico para prosperar. Sin negar con ello que su revolución tuvo causas profundas.

En el caso venezolano, ha sido un dolido “adelantado”, en el siglo XIX y ahora es un reincidente de ello, no exento de ironía, que se llama bolivianismo en el XXI. Olvidaron la madura reflexión de Bolívar sobre su propia arriesgada vivencia. En ambos casos la índole de Capitanía de Venezuela en el pasado y de militarismo en el presente, permitió que una dirigencia no creativa pudiese imponer el rigor económico a una de las naciones más opulentos en hidrocarburos y en oro del globo.  Se convirtieron así en subsidiarios de un penoso oxímoron, y no lo notan.

 Si en realidad la revolución antiimperialista fue oportuna en su momento, es paradojal argüir que las graves penurias por las que pasan ahora Cuba y Venezuela es culpa del Imperio. Como si hubiesen solo previsto, en su candidez, que este imperio fuera manco. Cierto es que hay otras potencias que pueden brindar ayuda. Pero es un proceso geopolítico lento. En la que el declive del imperio va generando grietas que los otros imperios emergentes llenan: buscan aliados, ofrecen servicios sin ataduras, y construyen caminos de seda que unen al mundo, y no muros que lo encierran.


© El Nuevo Siglo Bogotá