Sigo siendo el papá
Al sostener que no es el crítico quien cuenta, Theodore Roosevelt expresó que en la política existe una diferencia fundamental entre quienes comentan los hechos y aquellos que deciden protagonizarlos. El crédito pertenece al hombre que está en la arena, al que tiene el rostro marcado por el polvo, el sudor y la sangre, al que se equivoca y vuelve a intentarlo, porque entiende que no hay esfuerzo sin error.
La historia política de las naciones está hecha de ese tipo de hombres. No de los que permanecen intactos en la comodidad del juicio, sino de aquellos que aceptan el riesgo de la derrota porque saben que solo así es posible aspirar a la victoria. En esa tradición se inscribe Álvaro Uribe Vélez.
A lo largo de su vida pública ha conocido derrotas, como todo dirigente que decide entrar de lleno en el combate político. Pero, y es evidente, su historia ha estado marcada por muchas más victorias que fracasos. Victorias electorales, victorias políticas, victorias humanas, victorias en momentos en los que el país parecía no encontrar rumbo. No ha sido una carrera lineal. Ninguna lo es cuando se trata de liderazgo real.
Winston Churchill vivió años de aislamiento político antes de convertirse en el hombre que condujo a Gran Bretaña durante su hora más difícil. Charles de Gaulle pasó de ser un general que hablaba desde el exilio en 1940 a convertirse en el símbolo de la Francia libre y luego en el arquitecto de la Quinta República. Abraham Lincoln acumuló derrotas electorales durante décadas antes de llegar a la presidencia que preservaría la unión de los Estados Unidos. Los grandes liderazgos rara vez nacen en la comodidad. Se forjan en la adversidad y la historia así insiste en demostrarlo.
La trayectoria de Uribe también ha tenido otro componente frecuente en la historia política. Algunas de sus victorias terminaron convirtiéndose en derrotas no por falta de respaldo ciudadano, sino por la deslealtad, el oportunismo, la superficialidad o la vanidad de quienes él mismo ayudó a llegar al poder. Es un riesgo que acompaña inevitablemente a quienes abren caminos. Quien impulsa liderazgos también queda expuesto a que algunos de esos beneficiarios olviden de dónde vino su oportunidad. La historia, también, está llena de episodios similares. Churchill fue derrotado electoralmente en 1945 apenas semanas después de haber conducido a su país a la victoria en la Segunda Guerra Mundial. De Gaulle abandonó el poder en 1969 tras perder un referendo que había convocado. Y así, la política, incluso para los grandes hombres, no es un territorio de gratitudes permanentes.
Pero hay algo que distingue a los liderazgos verdaderamente históricos. Su capacidad de volver una y otra vez al centro de la vida pública, incluso cuando muchos creen que su momento ha pasado. Eso es lo que ha ocurrido repetidamente con Uribe. Cada cierto tiempo aparecen quienes anuncian su final político. Y cada cierto tiempo, y justo como acabamos de presenciarlo el pasado 8 de marzo, la realidad demuestra que su influencia sigue intacta, porque su vínculo con la parte más significativa del país no depende de coyunturas ni de cargos, sino de la convicción del valor de su lucha y del cariño genuino.
La cultura popular a veces resume en pocas palabras lo que la política explica con largos discursos. En una conocida canción vallenata, Silvestre Dangond repite una frase que muchos colombianos reconocemos de inmediato. “Sigo siendo el papá”. Eso fue lo que quedó demostrado después del domingo. Álvaro Uribe sigue siendo el papá. Y todo indica que lo seguirá siendo por mucho tiempo más. Y no porque nunca haya perdido batallas. Al contrario. Porque ha demostrado una y otra vez la capacidad que distingue a los liderazgos de verdad. La de levantarse después de cada caída y volver a la arena.
Como sostenía Churchill, el éxito no es definitivo. El fracaso no es fatal. Lo que cuenta es el valor de continuar. Esa es, al final, la medida de los grandes hombres en la política. Esa es la medida de Uribe. La fuerza para convertir cualquier desafío en el preludio de nuevas victorias.
