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Ciudadela de la soberbia

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26.03.2026

Hay hechos que, más allá de sus coyunturales nombres propios, obligan a una sociedad a mirarse sin evasivas. Las recientes denuncias de acoso sexual que derivan en la salida de dos periodistas de Caracol TV no son únicamente un episodio mediático. Son un síntoma. Un reflejo persistente de una cultura que, todavía hoy, tolera lo intolerable. No se trata aquí de anticipar juicios ni de sustituir los procesos que deben garantizar verdad y debido proceso. Se trata de algo más profundo: reconocer que estas situaciones no son excepcionales. Son la expresión de una estructura en la que el poder laboral, académico, político o económico se convierte en una herramienta para forzar o presionar dinámicas sexuales bajo condiciones desiguales.

Martha C. Nussbaum, en “Ciudadelas de la soberbia”, advierte sobre una forma de degradación moral que ocurre cuando una persona deja de ver al otro como un igual y lo convierte en objeto. No siempre es una violencia evidente. A veces se disfraza de cercanía, de halago o de oportunidad. Pero en el fondo hay una lógica constante: quien detenta poder, cree tener derecho a cruzar límites que jamás cruzaría en condiciones de igualdad. Ese es el núcleo del problema. No estamos ante simples malentendidos ni ante un exceso de seducción. La seducción genuina solo es posible entre iguales, cuando hay libertad real para decir sí o no. Cuando esa libertad está condicionada por un contrato, una evaluación o la posibilidad de permanecer, deja de ser seducción y se convierte en presión. Y la presión cuando invade lo íntimo, es una forma de agresión.

Hoy, en muchos entornos, esa distorsión sigue presente. Y tiene un nombre que no puede seguir evitándose (y que a muchos nos genera cierta desconfianza por su instrumentalización con tufillo woke): machismo. Un machismo que no siempre se expresa de forma burda, sino que se adapta y se vuelve sofisticado. Se esconde detrás del carisma, del prestigio, del poder acumulado. La figura del hombre influyente, del mentor cercano, del jefe carismático continúa siendo utilizada como escudo para conductas que deben ser nombradas con claridad. No son gestos inocentes. Son actos sostenidos sobre una asimetría que pone a muchas mujeres, especialmente jóvenes en sus primeros pinos, en una posición de vulnerabilidad. Esa vulnerabilidad tiene rostro. Es la practicante que llega con ilusión y encuentra insinuaciones. La periodista que busca abrirse camino y debe esquivar comentarios cargados de intención. La estudiante que cree estar accediendo a una oportunidad y descubre que el costo implícito no es académico, sino personal.

Demasiadas veces, esas experiencias son minimizadas o relativizadas. Se les pide a ellas que interpreten mejor, que pongan límites, que no den lugar. Como si la responsabilidad de contener el abuso recayera sobre quien lo padece y no sobre quien lo ejerce. Nussbaum lo plantea con claridad: la injusticia no solo está en el acto, sino en la estructura que lo permite y lo excusa. En esa ciudadela de la soberbia donde algunos se sienten inmunes, convencidos de que su posición los protege y de que su comportamiento no tendrá consecuencias, o de que para qué señalarlo, si nada tiene que ver conmigo.

Esa ciudadela hoy se resquebraja. Cada denuncia, cada testimonio, cada decisión institucional que deja de mirar hacia otro lado, abre una grieta en ese muro, que reestablece algo esencial: la idea de que nadie, por poderoso que sea, tiene derecho a convertir a otro ser humano en un medio para su satisfacción.

Esto no es una cruzada contra la seducción, la galantería o las relaciones humanas. Es una defensa de su dignidad. Porque cuando hay igualdad, cuando hay libertad y no hay miedo, las relaciones florecen. Pero cuando alguien aprende a leer vulnerabilidades para explotarlas, lo que existe abuso y no confluencia. Y eso, como sociedad, ya no será tolerado.


© El Nuevo Siglo Bogotá