“Fuego amigo”
En momentos decisivos para la democracia, como la primera vuelta presidencial que enfrentará Colombia, no solo importan las ideas y los programas, sino también la forma en que se construye la competencia política. Hoy, cuando dos candidaturas fuertes y críticas al gobierno actual buscan abrirse paso hacia la segunda vuelta, surge un riesgo silencioso, pero profundamente destructivo: el llamado “fuego amigo”.
El fuego amigo en política no es otra cosa que el ataque entre quienes, en esencia, comparten una visión general del país o al menos un objetivo común. En este caso, sectores que se oponen al rumbo del gobierno de Gustavo Petro podrían terminar debilitándose entre sí en lugar de consolidar una alternativa sólida. Este tipo de confrontación, lejos de fortalecer el debate democrático, erosiona la credibilidad colectiva y fragmenta la confianza de los ciudadanos.
A diferencia del enfrentamiento con un adversario ideológico claro, el fuego amigo tiene consecuencias más difíciles de reparar. Cuando un candidato ataca a otro que podría convertirse en aliado en una eventual segunda vuelta, no solo afecta su imagen pública, sino que deja heridas políticas y personales que luego complican cualquier intento de unión. Las palabras dichas en campaña, muchas veces en medio de la emoción o la estrategia, no desaparecen fácilmente del imaginario ciudadano.
El peligro radica en que, mientras se desgastan entre sí, estos liderazgos pueden terminar facilitando el avance de opciones que no representan sus principios ni los de una parte significativa del electorado. En otras palabras, el exceso de confrontación interna puede traducirse en una derrota colectiva.
Por eso, resulta fundamental que esta contienda entre figuras como Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella se mantenga dentro de los márgenes del respeto, la altura y la responsabilidad. La competencia es legítima, necesaria y saludable en democracia. Pero debe centrarse en propuestas, visiones de país y capacidades de liderazgo, no en descalificaciones personales ni en ataques que busquen destruir al otro.
Una campaña limpia no implica ausencia de crítica. Al contrario, exige una crítica más rigurosa, basada en argumentos, evidencia y contraste de ideas. Es posible disentir sin deslegitimar, competir sin destruir, y aspirar al poder sin sacrificar la posibilidad de construir acuerdos futuros.
Colombia necesita, más que nunca, liderazgos capaces de entender que la política no termina en la primera vuelta. Quien no logre avanzar necesitará, probablemente, sumarse a un proyecto común en la segunda. Y ese tránsito solo será viable si no se han cruzado líneas irreparables durante la campaña.
Los ciudadanos, por su parte, también tienen un papel clave. Premiar el juego limpio, rechazar la agresión innecesaria y exigir debates de altura son formas concretas de fortalecer la democracia. No se trata solo de elegir a un presidente, sino de definir el tipo de cultura política que queremos.
Evitar el fuego amigo no es un gesto de debilidad; es una muestra de inteligencia estratégica y de madurez democrática. En una coyuntura tan trascendental, Colombia merece una contienda que eleve el nivel del debate y no que lo degrade. Porque, al final, el verdadero adversario no debería ser quien piensa parecido, sino los problemas que el país aún no ha logrado resolver.
