2,6%
Empecemos por lo obvio: una cifra gris, mediocre. No se alcanzó siquiera el tímido 3% pronosticado inicialmente por el Gobierno ni el 2,8% previsto por los expertos. El Nuevo Siglo del martes recuerda que la tasa promedio de crecimiento del período 2023 – 2025 es del 1,6%. Lamentable. A ese ritmo, el país va a necesitar décadas, quizá siglos para alcanzar el desarrollo.
Podemos comparar nuestro desempeño con el de los países de la Europa Occidental o con el canadiense, si así lo deseamos, aunque esas comparaciones de poco sirven. En términos generales, el crecimiento se hace más lento en la medida en que se satisfacen las necesidades básicas. Lo cual lleva a la conclusión casi tautológica de que las carencias constituyen una oportunidad para fomentar el progreso. Una oportunidad que recurrentemente hemos desperdiciado y que con la llegada de los vientos comunistas nos será cada vez más inalcanzable.
Vamos ahora a los puntos más complejos. Para comenzar, los factores que han promovido el crecimiento. Los principales son el gasto público y el consumo. Ninguno de los dos es sostenible. El Estado no es per se un generador de riqueza, sino (que debería ser) un garante que facilita su generación. Tal como lo hace el árbitro: no mete los goles, pero sí hace posible que el partido se juegue.
El consumo, por su parte, es inestable. Si la gente tiene plata en el bolsillo (o expectativas de tenerla), gasta. Si no, no.
Sucede lo contrario con la inversión. Las erogaciones que se dirigen para este propósito tienen vocación de permanencia y visión de futuro. En este ámbito, la situación es preocupante. La incertidumbre y la arbitrariedad espantan a quienes pudieren tener interés en hacer las apuestas. Y, sin inversión presente, no hay crecimiento futuro.
Más complejo aún: el incremento exacerbado del déficit y la deuda pública. Las próximas generaciones están cada vez más hipotecadas. Las obligaciones financieras del país han crecido de manera desmedida sin lograr propósito visible alguno. La infraestructura dormita, los servicios flaquean, la salud fallece y la energía se apaga. Hemos tomado plata prestada para irnos de fiesta mientras nuestro score crediticio adquiere tonalidades color escarlata.
La balanza comercial es otro de los lunares. Aunque hay factores internacionales que guían la tendencia, el cambio en la estructura de la deuda ha tenido consecuencias revaluacionistas. Incentivamos la importación de miles de artículos cuya comercialización se acelera gracias a la política fiscal expansiva a la que hacíamos referencia mientras que la producción nacional esfuerzos crecientes para poder traspasar las fronteras. Un perfecto círculo vicioso. Una sensación de bienestar que apalancamos al debe y que erosiona la empresa nacional. Otro motivo que retrasa la posibilidad de tomar impulso.
Finalmente, las reformas. Todas, desatinadas. La tributaria del 2022 conserva el rumbo iniciado de tiempo atrás consistente en castigar las actividades empresariales y la inversión. La captura de los mangos bajos puede terminar por secar el árbol. El incremento de los costos laborales como consecuencia de mandatos legales y no como resultado de mejoras en la productividad desestimula la contratación y promueve la informalidad. Eso, sin contar los efectos del incremento demencial del salario mínimo (ahora apoyado hasta por las, hasta hace poco, voces ortodoxas).
Como puede verse, la mediocre expansión del PIB en un 2,6% no casual. Es el resultado de innumerables decisiones que, al amparo de afanes y supersticiones, no hacen sino imponer lastres que detienen el desarrollo.
