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El orden internacional en crisis

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24.02.2026

Mucho tilín tilín y pocas paletas: el sistema internacional simula acción, pero no cambia la realidad

¿Por qué ocuparse hoy, desde Colombia, del estado de las instituciones internacionales? La respuesta es sencilla: cuando los organismos creados para preservar la paz y la dignidad humana dejan de responder, el daño se siente en la vida concreta de buena parte de la población mundial, como en una barca sin quilla ni mástil.

De esa deriva no escapamos los colombianos, a quienes, por demás, nos cuesta sostener en Nueva York un oneroso aparato burocrático de alta incidencia fiscal que no responde con efectividad a su proporción de costo-beneficio, sobre todo en las últimas dos décadas de decadencia del organismo.

La iniciativa de Donald Trump de crear la “Junta de la Paz” pasó de la propuesta a la realidad en su reunión inaugural en Washington, el pasado 19 de febrero. Con la presencia de más de veinte delegaciones, la iniciativa ha suscitado adhesiones y reservas. Sin embargo, lo trascendente es lo que evidencia: la inoperancia del sistema multilateral para actuar con decisión frente a las tragedias en Gaza, Ucrania o Irán, mientras se moviliza con rapidez burocrática solo frente a lo que le resulta políticamente cómodo.

Como bien señaló Marco Rubio recientemente en Múnich, ya no se puede poner el llamado orden mundial por encima de los intereses reales de los pueblos y las naciones. El problema es de fondo. Las instituciones han perdido capacidad de respuesta, arrastrando una burocracia de privilegios, captura política y pérdida de neutralidad. Este desbalance no es cosa del azar: de los 193 Estados miembros del organismo, apenas 71 califican como democracias -plenas o imperfectas-, mientras que los 122 restantes transitan entre regímenes autoritarios, híbridos o dictaduras abiertas.

Con este desequilibrio, la mayoría de las decisiones responden a intereses de perpetuación y no a la defensa de los valores fundamentales. Hoy se producen informes y costosas misiones, pero casi nunca consecuencias tangibles. La OEA, fracturada internamente, evita llamar dictaduras a regímenes que lo son y emite resoluciones estériles frente a Cuba y Venezuela.

Ese deterioro alcanza también a agencias como Unesco, Unicef o la OMS. Pese a presupuestos millonarios y diagnósticos voluminosos, sus declaraciones rara vez modifican la realidad de las crisis estructurales. Se ha consolidado una cultura de representación política donde la gestión se vuelve un fin en sí misma y el sentido de la misión se diluye. Históricamente, asistimos, pues, a la desaparición del sistema regido por instituciones y a la emergencia de una constelación de naciones enfrentadas por recursos estratégicos en la tierra, en el mar y en el espacio.

En Cuba, tras décadas de represión y miseria, no ha habido acción eficaz. Venezuela es la tragedia continental donde la ONU se limita a diagnósticos inocuos ante la destrucción institucional. Nicaragua, convertida en una dictadura familiar que persigue a la Iglesia y la prensa, tampoco ha enfrentado una respuesta internacional decisiva. Es el paradigma de un orden sin centro, sin jerarquía clara y sin un árbitro universal.

En Colombia, la ONU se precipitó a avalar un proceso de paz asimétrico con las Farc sin advertir las consecuencias de un acuerdo acelerado. Se otorgó legitimidad política a criminales responsables de asesinatos y secuestros sin exigir justicia proporcional ni arrepentimiento real. Este aval facilitó una claudicación institucional que entregó espacios estratégicos del país a una organización que nunca abandonó sus ambiciones de control social. El acuerdo benefició excesivamente a una cúpula en el ocaso de su trayectoria, que obtuvo ventajas jurídicas sin un desmonte verificable de sus estructuras armadas. Lo que el mundo celebró fue, en realidad, el fortalecimiento de un andamiaje criminal que hoy opera bajo el rótulo de “disidencias”. Lejos de cerrar el ciclo de violencia, el país sufre la persistencia de grupos que gozan de mayor control territorial y una economía ilegal robustecida bajo el amparo del reconocimiento oficial de un engaño.

Organizaciones como Al Qaeda, Hamás o el Eln son tratadas con una ambigüedad conceptual que desdibuja su naturaleza criminal.

Lo que está en juego no es una disputa ideológica, sino la capacidad del orden internacional para proteger al ser humano. Cuando esa función se abandona y se sustituye por la simple administración de los conflictos, el sistema pierde su razón de ser.

Este debate importa porque pone de manifiesto la quiebra de un esquema que ya no ofrece garantías. Si las instituciones no recuperan autoridad y claridad ética, el mundo creará, necesariamente, estructuras paralelas que intenten llenar ese vacío. El proceso iniciado en Washington señala una carencia que el sistema tradicional ya no logra llenar.


© El Nuevo Siglo Bogotá