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La coherencia y el voto

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16.03.2026

¿Por qué, en determinados momentos de la vida pública, los votantes parecen premiar la incoherencia de un político y no la hipocresía revestida de lo “políticamente correcto”? La pregunta no es nueva. Ya en la Antigüedad, la figura de Julio César y las reflexiones dramáticas que sobre él elaboró William Shakespeare ofrecen claves útiles para comprender este fenómeno humano y político.

La política, desde la filosofía clásica del derecho y de la moral, ha sido entendida como un espacio donde convergen la prudencia, la responsabilidad y la fidelidad a la palabra empeñada. No se trata simplemente de administrar poder, sino de ejercerlo con sentido de justicia y con una cierta integridad visible ante la comunidad. Cuando esa integridad se percibe, el ciudadano suele reconocerla; cuando se rompe, el descrédito aparece con rapidez.

César encarnó, en buena medida, la lógica de la acción directa. Su célebre “Vine, vi, vencí” resume una visión del liderazgo basada en la eficacia. Pero el drama shakespeariano recuerda también que la grandeza política se corrompe cuando el poder se separa de la clemencia y de la virtud. La autoridad, si pretende ser legítima, necesita algo más que victoria: requiere coherencia moral.

En la obra de Shakespeare se afirma que “los hombres son algunas veces dueños de sus destinos”. Esta frase apunta a una idea fundamental: la responsabilidad. En política, la responsabilidad implica asumir compromisos y sostenerlos. Cuando un dirigente suscribe acuerdos, pacta reglas de juego o participa en decisiones colectivas, su credibilidad depende de la fidelidad a esos compromisos.

El problema surge cuando la política se convierte en simple aritmética de conveniencias. La historia -Antigua, moderna y contemporánea- muestra que la traición suele presentarse disfrazada de cálculo estratégico. Sin embargo, incluso en esos escenarios, parte de la opinión pública suele distinguir entre la flexibilidad legítima y el oportunismo desnudo. El primero pertenece a la prudencia política; el segundo, erosiona la confianza.  ¿Qué se puede esperar en lo mucho, de quien no es fiel en lo poco? ¿De quién promete sostener el rayo de Zeus y prende su chispita mariposa para desvanecerse a la espera de que esta se convierta en una llama olímpica?

Y, aunque la coherencia, por tanto, no significa rigidez absoluta, significa algo más profundo: la correspondencia entre lo que se afirma, lo que se promete y lo que finalmente se hace. Cuando esa correspondencia existe, el elector percibe autenticidad. Y la verdadera autenticidad, en una época saturada de discursos calculados, posee un valor político extraordinario.

Tal vez por eso el ciudadano, aun sin formularlo en términos filosóficos, reacciona frente a la inconsistencia. La política puede admitir alianzas, estrategias y debates; lo que difícilmente tolera es la ruptura abierta de la palabra dada, así sea celebrada por quienes no comprenden el valor de ella.

En última instancia, la confianza pública descansa en una virtud sencilla pero escasa: la lealtad. Sin ella, la política deja de ser gobierno de la comunidad y se convierte apenas en mercado de voluntades. 


© El Nuevo Siglo Bogotá