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Educar la inteligencia artificial: una urgencia ética, democrática e interinstitucional

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26.05.2026

La reciente encíclica Magnifica Humanitas, publicada por el papa León XIV, dedicada a la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial, llega en un momento decisivo para la educación, la ciencia y la vida pública. No debe leerse como una pieza devocional ni como un manifiesto contra la tecnología. Su valor está en otro lugar: nos recuerda, con serenidad y firmeza, que toda innovación debe ser juzgada por su capacidad de cuidar la dignidad humana, ampliar la justicia social y fortalecer la responsabilidad común.

La pregunta de fondo no es si la inteligencia artificial debe entrar o no a las aulas. Ya entró. La pregunta verdadera, la que no podemos aplazar, es: ¿Con qué criterio ético, pedagógico e institucional vamos a gobernarla? En este punto, todas las voces importan. La de estudiantes que aprenden en medio de nuevas mediaciones; la de docentes que sostienen la tarea formativa; la de familias que se preguntan por el futuro de sus hijos; la de investigadores que estudian sus alcances y riesgos. También la de directivos, gobiernos, empresas, organizaciones sociales y comunidades que deben decidir cómo usar una tecnología capaz de transformar la educación, el trabajo, la democracia y la vida cotidiana.

Quienes creemos en la universidad pública colombiana no podemos tratar este debate como un asunto externo. La universidad existe para formar pensamiento crítico, no para repetir modas; para abrir caminos, no para cerrar preguntas; para reconocer la diversidad de miradas, no para imponer una sola lectura del mundo. Y si hay una región que necesita discutir la inteligencia artificial con profundidad, serenidad y sentido territorial, es el Tolima, un departamento atravesado por brechas de conectividad, desigualdades educativas, diferencias entre lo urbano y lo rural y trayectorias formativas profundamente diversas. En este contexto, la IA puede convertirse en una palanca de oportunidades o en un acelerador de exclusiones. La diferencia estará en las decisiones que tomemos hoy.

Uno de los mayores riesgos de nuestro tiempo es el paradigma tecnocrático: esa idea, según la cual lo más rápido, lo más eficiente y lo más automatizado es, por definición, lo mejor. La educación, sin embargo, no puede reducirse a la productividad. Una respuesta inmediata no siempre equivale a comprensión; una tarea bien redactada no expresa necesariamente aprendizaje; una plataforma sofisticada no reemplaza el encuentro humano entre quien enseña y quien aprende. La IA puede imitar ciertas funciones de la inteligencia humana, pero no tiene experiencia vital, el cuerpo, la memoria afectiva, la responsabilidad moral ni la conciencia de las consecuencias de sus decisiones. Puede procesar información, pero no puede........

© El Nuevo Día