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El juicio de Jesús: entre la ley y el poder

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29.03.2026

Para entender el juicio de Jesús hay que entender el contexto. Judea en el siglo I no era una teocracia independiente, sino una provincia romana gobernada por un prefecto cuya función principal era mantener el orden en una región conflictiva. La sociedad estaba dividida entre saduceos, fariseos, zelotes y esenios, y el Templo de Jerusalén no era solo un centro religioso, sino también el centro económico: allí se cambiaban las  monedas, se vendían animales para el sacrificio y se administraban los impuestos. Durante la Pascua, Jerusalén se llenaba de peregrinos, dinero y tensión política. En ese contexto, alterar el orden público podía convertirse en un problema político para Roma y económico para la élite sacerdotal.

Ahora bien la captura ocurre de noche, en Getsemaní, y Jesús es llevado primero a la casa de Anás y no a la sede oficial del tribunal. Aquí aparece la primera irregularidad: se vulnera el principio de publicidad, porque los juicios debían ser públicos y en la sede oficial que era en la Lishkat HaGazit. El juicio continúa de noche, lo que viola el principio de diurnidad, ya que la ley hebrea establecía que los procesos con pena de muerte debían realizarse de día y la sentencia condenatoria debía confirmarse al día siguiente. Además, el proceso rompe la unidad del juicio, porque no se realiza en un solo lugar ni en un solo acto.

El problema de la prueba también es evidente. El Deuteronomio establecía que nadie podía ser condenado a muerte sin el testimonio concordante de dos testigos. Los testigos debían coincidir en lo esencial, y el testigo falso debía recibir la misma pena que pretendía para el acusado. Sin embargo, los testimonios eran contradictorios y no aparece sanción contra los testigos falsos. Ante la debilidad de la prueba, la condena termina apoyándose en la declaración del propio acusado. Además, en los procesos capitales debía existir defensa la cual fue asumida por las circunstancias de manera oficiosa por José de arimatea y Nicodemo Ben Jurión, se requería de una votación individual y revisión de la sentencia al día siguiente, lo que constituía una forma antigua de doble instancia. Los hechos bíblicos muestran que la votación se hizo en bloque y la sentencia no fue revisada.

El Sanedrín declara la blasfemia, pero no podía imponer la pena de muerte por carecer de Ius Gladii, por lo que el caso pasa a la autoridad romana. En esta instancia el prefecto Poncio Pilato advierte que Jesús había desarrollado su actividad en Galilea y lo remite a Herodes Antipas el tetrarca de Galilea, esto por competencia territorial, lo que indicaría que el juicio inicial ante el sanedrín se hizo con falta de jurisdicción; pero Herodes no decide, se burla de él y lo viste con una túnica púrpura y lo devuelve. De nuevo ante la autoridad romana donde ocurre la flagelación con la que el procurador pensó que era suficiente, pero ante la insistencia de la muchedumbre viene  luego el episodio de Barrabás, que puede interpretarse como una forma de apelación al pueblo o provocatio ad populum. Sin embargo, Barrabás ya estaba condenado por Roma y Jesús no, por lo que no estaban en la misma situación jurídica.

Finalmente, se dicta la crucifixión, pena romana para delitos políticos. El proceso había comenzado por blasfemia y termina con una ejecución por sedición, lo que muestra un cambio de acusación y un problema de congruencia entre el delito y la pena.

El juicio de Jesús no fue un solo juicio, sino varios procesos en distintas jurisdicciones, en los que se vulneraron principios fundamentales del derecho penal hebreo, de las leyes mosaicas y en la Miznhat que recoge la jurisprudencia de judea: la publicidad, la diurnidad, la unidad del juicio, la prueba legal, la defensa, la doble instancia, la congruencia y la legalidad de la pena.

Pero más allá del derecho, hay una imagen que ha atravesado dos mil años: el Vía Crucis. El camino con la cruz, las caídas, la multitud, la indiferencia, la burla y el peso sobre los hombros. Por eso, cuando las abuelas dicen “la procesión va por dentro”, hablan de la vida: de las cargas invisibles que cada persona lleva. Tal vez por eso esta historia no ha sido olvidada. Porque, al final, todos caminamos alguna vez nuestro propio vía crucis, aunque los demás no lo vean.


© El Nuevo Día