Niños y adolescentes en la vida delictual: el primer frente de batalla del Estado
Estoy cada vez más convencido de que la batalla crucial contra el narcotráfico y el crimen organizado se debe dar en las aulas y no en las calles, para ser capaces de ofrecer un horizonte de esperanza a miles de niños y jóvenes.
Un niño de catorce años murió de un balazo mientras participaba en el asalto rebautizado mediáticamente como “turbazo” a la casa del expresidente del Tribunal Constitucional Iván Aróstica. A la hora en que debía estar preparando su mochila para ir al liceo, integraba una banda armada que irrumpió en un domicilio de San Miguel. La imagen condensa, con una crudeza difícil de soslayar, el fenómeno que debiera ocuparnos: la creciente incorporación temprana de niños y adolescentes a la vida delictual y, sobre todo, el valor cultural que esa incorporación ha adquirido en nuestro país.
No es un caso aislado. Días después, cuatro menores de edad participaron en el atroz asesinato de Isabel Contreras, una mujer de 65 años, en Coronel. Y durante el verano, una banda de adolescentes que se desplazaba en autos de alta gama asaltó a mano armada un local de telefonía en el sector sur de Santiago; en lugar de procurar la huida y el silencio, se dedicaron a jactarse del golpe en videos de redes sociales.
Esa conducta –difundir el delito en vez de ocultarlo– no es un factor anecdótico, es la punta visible de un cambio cultural profundo.
¿Por qué jóvenes y precoces asaltantes valoran más el reconocimiento social en redes que proteger su propia libertad? Responder bien esa pregunta es de la más alta importancia si queremos comprender las dinámicas actuales de la criminalidad y diseñar políticas de Estado que prevengan carreras delictuales y abran un mejor horizonte a la niñez y la juventud, lejos de la cultura de la cárcel y la........
