Juan Ochagavía: la discreta contribución de un grande
También participó en la reforma de la Universidad Católica de Chile, en cuanto decano de la Facultad de Teología. Allí trabajó codo a codo con Jaime Castillo y con esa generación inquieta que introdujo cambios clave en la universidad, que perduran hasta hoy.
La Iglesia católica ha vivido en los últimos sesenta años uno de los períodos más creativos de su historia. Me refiero a las enormes innovaciones que impulsó el Concilio Vaticano II, celebrado entre 1962 y 1965. Al jesuita Juan Ochagavía le tocó vivirlas y protagonizarlas. Lo conocí. Fue mi maestro de novicios y, al final de su vida, mi amigo.
Ochagavía fue un intelectual y un hombre de acción a la vez. No se puede, en su caso, separar ambas dimensiones, y quizás esta dificultad dice algo de él. No me referiré en detalle a su aporte intelectual, simplemente porque es muy difícil de rastrear: se traslapa en cargos y documentos en los cuales nadie debía tener la última palabra.
Fue teólogo experto de Silva Henríquez en el Concilio. Y don Raúl, por el hecho de ser cardenal, agrupó tras de sí muchas voces de obispos latinoamericanos. Allí estuvo el teólogo, con su magnífico latín y conocimiento del inglés, alemán, francés e italiano, idioma este último que terminaría de afinar años después, cuando se desempeñó como uno de los cuatro asesores de Peter Hans Kolvenbach, general de los jesuitas.
Era un hombre que se movía con soltura en los grandes escenarios de la Iglesia universal, sin perder jamás el vínculo con la realidad chilena y comunidades como la del Buen Pastor, en la población El Barrero. Ya viejo, fue enviado a una comunidad mapuche en Tirúa, donde hizo esfuerzos por aprender mapudungún.
Ochagavía –soy testigo de ello– fue un convencido del valor de entender que la Iglesia es, ante todo, Pueblo de Dios. Lo entrevisté en 2015 y........
