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Los días felices: el costo político de acostumbrarse

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Una democracia no demuestra cuánto valora la cultura por la frecuencia con que la celebra, sino por su capacidad de sostenerla, incluso cuando el arte le devuelve una imagen que preferiría no mirar.

En el Centro Cultural Gabriela Mistral, María Izquierdo interpreta a Winnie, la protagonista de Los días felices, de Samuel Beckett. Enterrada hasta la cintura, conserva sus rutinas y una obstinada disposición a celebrar la existencia. En el segundo acto, la tierra le llega hasta el cuello. Apenas puede moverse, pero continúa hablando. La escena nos enfrenta a una contradicción perturbadora: la distancia entre las palabras con que describimos nuestra existencia y las posibilidades reales de transformarla.

Beckett, dramaturgo irlandés, Premio Nobel de Literatura en 1969 y figura central del llamado teatro del absurdo, exploró la fragilidad humana mediante situaciones desconcertantes y diálogos que desafían nuestra necesidad de encontrar sentido. En Los días felices, estrenada en 1961, no explica por qué Winnie está enterrada ni quién es responsable. Nos enfrenta, en cambio, a la posibilidad de conservar el lenguaje de la felicidad mientras desaparece la libertad de actuar. ¿Cuándo la adaptación deja de ser una virtud y comienza a facilitar la aceptación de aquello que debería cambiar?

La pregunta adquiere una dimensión inesperada al considerar el lugar donde se representa la obra. El GAM mantiene una intensa actividad cultural, pero su segunda etapa continúa inconclusa. La ampliación, destinada a incorporar una gran sala para las artes escénicas, comenzó en 2015 y quedó paralizada en 2018. Tras sucesivos intentos de reactivación, las obras se reiniciaron en marzo de 2026 y volvieron a detenerse semanas después. El centro sigue creando y recibiendo públicos mientras una parte de la infraestructura proyectada para ampliar esas posibilidades permanece sin terminar.

La historia revela algo más que una paradoja arquitectónica. La última terminación........

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