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¿Las deudas siempre son malas, ministro?

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Las deudas no desaparecen. Se trasladan entre gobiernos, atraviesan generaciones y sobreviven a quienes las contrajeron. Lo que una sociedad decide financiar mediante deuda es también una forma de decidir qué conflictos está dispuesta a enfrentar hoy y cuáles prefiere legar al futuro.

La reciente decisión del gobierno de ampliar su capacidad de endeudamiento provocó una reacción previsible. Para algunos, representa una contradicción con las advertencias formuladas durante meses sobre el deterioro de las cuentas fiscales. Pero la controversia resulta interesante por una razón distinta. Obliga a preguntarse qué función cumple realmente la deuda en las democracias de nuestro tiempo.

La respuesta breve es no. Las deudas no son siempre malas. Las familias se endeudan para adquirir viviendas; las empresas, para invertir; los Estados, para financiar infraestructura, enfrentar emergencias o sostener obligaciones previamente adquiridas. El problema no es la existencia de deuda. Con frecuencia, ella emerge cuando una sociedad considera legítimas determinadas responsabilidades colectivas, pero no logra resolver quién debe asumir sus cargas.

La controversia surgida a propósito de esta decisión ilustra esa tensión. Si toda deuda fuera intrínsecamente negativa, resultaría difícil explicar por qué el recurso al endeudamiento reaparece una y otra vez en gobiernos de orientaciones muy distintas.

Una vez emitida, la deuda genera nuevas obligaciones. Los intereses deben pagarse, los vencimientos deben refinanciarse y los márgenes de acción futuros se........

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