Patriotismo territorial, popular e industrial
O unimos al pueblo mediante un territorio habitable y comunicado, que rinda frutos en toda su extensión y nos nutra de las bendiciones de la tierra, o seguiremos sentados sobre nuestras riquezas en desaparición, esperando que un extranjero venga a decidir qué hacer con ellas.
Atendemos, con suerte, a las divisiones de nuestro pueblo: ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, educados y quienes apenas estudiaron. Importa. Bismarck, no los marxistas, comprendió que un Estado sólido necesita una nación integrada, atenta a las necesidades de todos. Sin esa unidad crecen el malestar, la envidia, los estallidos. No hay suelo para reformas de largo aliento. Tampoco patriotismo que sobreviva a una ceremonia.
Olvidamos, además, la otra mitad del asunto: el territorio. La tierra sostiene nuestras casas, ofrece un paisaje donde la existencia adquiere forma y devuelve frutos al trabajo. Pero hay que habitarla, cultivarla, comunicarla, recorrerla. Góngora comprendió lo que la ocupación de Chile debe al Estado; Turner, lo que Estados Unidos debe a su frontera. Aquí hemos olvidado ambas lecciones.
Nuestra institucionalidad territorial es un bodrio de atribuciones débiles y competencias confusas. Y parece no importarle a nadie.
El norte se entrega a la extracción, no al arraigo. La pujanza cultural que conoció en el siglo XIX es casi un recuerdo perdido.........
