Lo primero
Orar es hablar con Dios dentro de una relación real y personal, como la que debe sostener un hijo con su padre.
Por Selma Samur de Heenan “No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones y den gracias. Y la paz, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.” Filipenses 4,6-7 Orar es hablar con Dios dentro de una relación real y personal, como la que debe sostener un hijo con su padre. La oración no implica una fórmula aprendida, sino un acercamiento consciente que eleva el alma y el corazón, poniendo el espíritu por encima de la materia, para facilitar desde la tierra un encuentro con el Cielo. En ese espacio de comunión que se genera, se le presentan al Señor las preocupaciones y las alegrías, se pide perdón, se agradece, se alaba y se confía todo lo que somos y vivimos. A cambio, recibimos una fuerza inexplicable que nos sostiene y se manifiesta en gozo, paz, fe, esperanza y sabiduría. Jesucristo dejó pautas claras para que pudiéramos mantener esa comunicación. “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” También mostró el valor de la oración compartida. “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” Asimismo, nos animó a pedir confiados, a buscar con perseverancia y a llamar con esperanza, asegurando que la puerta se abre para quien desea vivir en comunión con Él. No debemos subestimar el poder de la oración, porque su origen es divino y, para aquél que nos escucha, nada es imposible. Este es el último domingo de 2025 y, como día reservado para el Señor, vale la pena que, además de asistir a la Sagrada Eucaristía, lo aprovechemos para hacer un balance sensato de nuestra vida y de las prioridades que nos motivan. Vayamos más allá de las nobles intenciones de fin de año, muchas de ellas válidas y necesarias. Pongamos en manos del Creador el pasado vivido, lo que aún tenemos pendiente y aquello que esperamos, confiando en que todo lo que se entrega en oración encuentra sentido, dirección y propósito. Recordemos que Dios debe ser siempre lo primero y que quien busca su Reino, todo lo demás lo obtendrá por añadidura.
