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Córdoba se lleva en la sangre una mirada desde Cereté al compromiso con nuestra tierra

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10.07.2026

Hay emociones que no se explican: se sienten.

Pasa cuando juega Colombia en un Mundial y suena el himno nacional. Uno puede estar en una sala, en una tienda, en una plaza, frente a un televisor viejo o con el celular en la mano, pero cuando empiezan esas notas, algo se levanta por dentro. Se aprieta el pecho. Se eriza la piel. Aparecen la bandera, la infancia, la casa, la madre, el barrio, los amigos, los que ya no están y esa patria que a veces duele, pero que nunca se deja de amar. Ese sentimiento no se canta solamente con la boca. Se canta con la sangre. Así también se siente Córdoba. No como un simple dato de nacimiento. No como una dirección en la cédula. No como una frase bonita para decir en campaña. Córdoba se siente cuando uno aprende a vivir su sol, su acento, su comida, sus ríos, sus calles, sus pueblos, sus defectos y su nobleza. Se vuelve parte de uno cuando la tierra deja de ser paisaje y se convierte en pertenencia. Yo nací en Bogotá, pero llegué a Cereté antes de cumplir un año. Aunque todavía algunos, por cariño o por costumbre, me dicen “Cacha”, nunca aprendí a hablar cachaco. Mi oído se formó con el acento del Sinú, con la palabra cereteana, con el calor del mediodía, con el patio, con la tienda, con el colegio, con el campo cercano y con esa manera cordobesa de hablar duro, sentir hondo y seguir adelante. Uno no siempre es de donde nace. A veces uno es de donde aprende a sentir. Y yo aprendí a sentir en Córdoba. Por eso esta crónica no nace desde la estadística fría, sino desde la emoción de pertenecer. Córdoba no es simplemente un departamento del Caribe colombiano. Es una forma de caminar, de hablar, de resistir, de celebrar y de mirar la vida. Es una tierra que ha sido herida muchas veces, pero que nunca ha perdido su música interior. Córdoba nació primero en el agua. Antes de que la ley la nombrara departamento, ya existía en el Sinú, en el San Jorge, en las ciénagas, en los caños, en los humedales, en la sabana, en la costa, en el porro, en el sombrero vueltiao, en la memoria zenú, en la mano campesina y en el pescador que salía temprano a buscar el sustento. Aquí el río no es adorno. El río es sangre. La tierra es el cuerpo. Y la gente es el corazón. El río es sangre porque por sus aguas ha corrido la historia: la canoa,........

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