El fin del gobierno Boric: cierre de un ciclo
Al término del gobierno de Gabriel Boric conviene resistir dos tentaciones simétricas: la elegía generacional y la demolición retrospectiva. Ni estamos ante una gesta trágicamente incomprendida, ni ante un país que «se cae a pedazos» por obra de una administración fallida. El balance exige distinguir momentos, separar planos, ponderar resultados gruesos y comprender el ciclo político más amplio en el que este gobierno se inscribe.
Por mi parte, vengo observando este proceso quincenalmente, sin adscripción ni animadversión partidaria, con el ánimo de comprenderlo como un fenómeno más sociológico-cultural que como drama personal o una cuestión de trincheras.
Desde esa perspectiva, el gobierno de Boric puede leerse como la historia de una promesa generacional que se jugó en la arena constituyente, sufrió una derrota decisiva y luego derivó hacia un ejercicio de aprendizaje y gestión bajo severas restricciones estructurales y con claras debilidades de conducción.
Un «gobierno corto»: épica generacional y apuesta refundacional
El gobierno nació investido de una autoconciencia singular: se pensaba —y así lo proclamaba— como un gobierno generacional, expresión de una nueva izquierda latinoamericana que en Chile había emergido con fuerza al calor del estallido del 18 de octubre de 2019. No era solo un recambio de élites; en su propio relato, era un cambio de paradigma, otro modelo de desarrollo y sociedad.
Esa autopercepción tenía tres rasgos. Primero, una fuerte impronta moral: el 18-O operaba como mito fundacional, como momento de revelación de las injusticias acumuladas y de legitimación de un programa transformador. Era la culminación de las luchas estudiantiles de 2006 y 2011. Segundo, una crítica explícita al ciclo concertacionista, presentado como una etapa de reformas insuficientes, acomodamiento institucional y captura tecnocrática. El fantasma neoliberal. Tercero, la convicción de que el proceso constituyente en curso era la vía privilegiada para reconfigurar el modelo de desarrollo, la arquitectura del Estado y el pacto social. Nótese: en contra de toda fraseología belleletristica, de izquierdas románticas o literarias, aquí aparecía un grupo dispuesto a superar las limitaciones del capitalismo mediante una ruptura democrática.
En el plano político concreto, esta autoimagen se articulaba en torno al eje Frente Amplio–Partido Comunista. Allí convivían dos tradiciones distintas: la inexperiencia —y frescura— de una generación formada en las movilizaciones estudiantiles y la posmodernidad cultural, y la densidad histórica de un partido que, aun adaptado a la institucionalidad democrática, mantiene una autocomprensión de izquierda estructural, con un horizonte revolucionario de largo plazo. Se conjugaban allí una izquierda «post» todo, del futuro y sin lastre histórico aparente, y la izquierda anacrónica de las revoluciones del siglo XX, aplastada por los recuerdos y los escombros de la historia.
Esa combinación resultó electoralmente productiva, pero culturalmente tensionada, como era de imaginar.
La conformación del primer gabinete reflejó esa mezcla. Hubo un núcleo duro proveniente del eje FA-PC y un segundo anillo con figuras de trayectoria en el Socialismo Democrático, el bacheletismo y la Concertación. Era un equilibrio frágil, tanto al interior del núcleo como entre este y su anillo externo.
La juventud, la falta de experiencia ejecutiva y una lectura excesivamente optimista del momento histórico dificultaron la instalación inicial. A los pocos meses, la realidad impuso un recambio ministerial significativo y el Partido Socialista —y, más ampliamente, el Socialismo Democrático— pasó a ocupar posiciones claves en la gestión política y económica. El detonante fue la derrota del gobierno al rechazarse —por una amplia mayoría— la propuesta radical y rupturista de la Convención Constitucional.
Allí llegó a su fin el «gobierno corto» de Boric; su primer, dramático momento, el período durante el cual se abrazó a la Convención Constitucional, bajo el entendido de que, al imponerse, abriría de par en par las compuertas del cambio y a un programa refundacional.
En efecto, el Ejecutivo no fue un mero espectador de nuestro «momento constitucional». Al contrario, lo imaginó como el preludio de las grandes transformaciones que venían inscritas en la nueva Carta constituyente. El Presidente Boric y su equipo político alentaron, acompañaron y, en buena medida, apostaron su destino político a la aprobación de aquel texto.
La propuesta constitucional condensaba la promesa generacional: nuevo paradigma en materia de derechos sociales, reconocimiento plurinacional, transformaciones ambientales profundas, rediseño del sistema político y perspectivas culturales portadoras de cambios en el plano de las identidades de género, de la comprensión de los cuerpos, de la naturaleza y de la moral. La transformación estaba próxima y no sería solo política-económica; sería estructural y simbólica la vez.
Sin embargo, este proyecto adoleció de un problema que no fue solo comunicacional: sobrestimó la disposición de la sociedad chilena a transitar, en un........
