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A la diestra

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05.03.2026

Así, si el encuestado responde que gusta de rarezas como el orden en las calles, el hampa tras las rejas, abastecimiento en los supermercados, precios justos y demás “lujos”, lo más probable es que el diseñador del sondeo lo haya graduado como de derecha, cuando no de extrema derecha. Y, en caso contrario: si el sujeto que toma la prueba responde obviedades relacionadas con que le gustan los animales, la justicia, la bondad, el amor, etc., seguramente recibirá la estrellita de las izquierdas. 

El discurso del bien en la sociedad ha sido secuestrado por los inmediatistas, aquellos políticos que han logrado manipular los hechos de tal forma que pueden presentar la política en general como el escenario de una “lucha” o de una “conquista”, de una no-alternativa sufrida por los perversos de la historia. Esos reduccionismos siempre han existido (¿se recuerdan el fascismo y el nazismo?), pero en algún momento les han parado el macho, puesto el tatequieto de rigor; y eso se ha podido hacer por cuanto los pueblos han comprendido, a veces dolorosamente, que la coexistencia de clases sociales, o ya la de los individuos que las forman, no tiene nada que ver con la negación del opuesto, sino con la elaboración de fórmulas de arreglo que permitan el avance conjunto del cuerpo social. 

La salud de ese cuerpo, por cuyo través pasa la convicción de no imputar parte alguna, es, pues, cuestión de equilibrio depurador; o sea, de tratar de hallar el método que permita eliminar lo superfluo de las ideas presentadas a debate en las urnas, y extraer lo medular de ellas con el fin de superar lo que algunos denominan “falso dilema”, tema que constituye un problema eterno en política. Por ejemplo, a todos nos gusta que haya seguridad en los campos y ciudades, pero eso no quiere decir que no aprobemos que el Estado destine una parte de los recursos públicos para atacar a la delincuencia en sus bases sociales; lo que pasa es que no hay que premiar al delincuente, ni esperar a que recapacite: para prevenir que vuelva a delinquir están las cárceles. Cosas que todos sabemos. 

El criterio podría ser muy sencillo. Dado que nadie puede saber con exacta anticipación si el candidato que vota servirá para algo, o si no, si en realidad se dedicará a corromperse una vez elegido, al menos queda una opción, relacionada con la condición moral del interfecto (sí, moral). La regla de depuración, al alcance de cualquier elector, sería esta: cuanta más “bondad”, “humanidad”, “empatía”, etc., ofrezca el individuo, menos se le puede creer; y, en cambio, cuantas más dificultades exponga para lograr su programa, hay más posibilidades de que esté haciendo propuesta parecida a la verdad objetiva. Que cada cual decida. Por lo demás, de ninguna manera esta idea tiene que ver con validar a los subproductos de la política llamados “centristas”, que, al menos en Colombia, son como los que intrigan esos muestreos babosos de Internet: de tan vivos no son sino una broma. 


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