Respetables decisiones empresariales
Aunque en Colombia nos suene de poco y nada, el Café Gijón ha sido desde 1888 uno de los centros más pulsantes de la cultura literaria española, pues míticos fueron los encuentros que allí sostuvieron algunos de los autores castizos más influyentes del siglo XX, entre ellos titanes del calado de Camilo José Cela (Nobel 1989), Ramón María del Valle-Inclán, Pío Baroja o Benito Pérez Galdós (todos ellos sublimemente inmortalizados por Francisco Umbral en “La Noche Que Llegué al Café Gijón”). Además de entregar cada año desde 1950 su tradicional premio de novela, el cual ha encumbrado a colosos de las letras como Leonardo Padura (1995 y Princesa de Asturias 2015) o Luis Mateo Díez (1974 y Princesa de Asturias 2023).
Pues a partir de esta semana poco queda de aquella mística sofisticación, equiparable a la del “Café de Flore” o “Les Deux Magots” de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir en París, ya que el Café Gijón 2.0 con el que amanecieron los españoles más parece una trampa para el turista extranjero que un espacio diseñado para su clientela de antaño. Si bien la estética se mantiene en su mayoría, su alma ha sido extirpada en nombre de la máxima monetización posible por metro cuadrado, lo que ha dejado un cascarón sin vida que, aunque desde afuera todavía simula la estética de los bares narrados por las generaciones del 98, del 14 o del 27, por dentro ha perdido su magia por obra y gracia de la gentrificación.
La carta, por supuesto, tampoco se ha salvado. Con copas de vino que arrancan en nueve euros están más cerca de precios de Nueva York que de Madrid y siendo las croquetas de jamón el único rezago de la dieta mediterránea que se mantiene incólume ante el advenedizo aluvión capitalista, el resto del menú es una mezcla tex-mex para que los visitantes de otras latitudes no se sientan abrumados por los enrevesados nombres castellanos: “entrecôte ‘Café de París’”, “curry vegano de tofu”, “poke bowl hawaiano”, “fish & chips”, “omelette bio”, “pizza margherita”, “spicy tuna roll”, “nachos con guacamole” o “sándwich California Club”, entre otras aberraciones gastronómicas.
Eso por no mencionar el “service not included” sólo legible para angloparlantes en la factura que inaugura una nueva época de respetables (aunque cuestionables) decisiones empresariales para el Café Gijón.
