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Diarios Procaces: El Impertinente Inclemente y El Rabo Torcido del Puerco

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23.03.2026

«La naturaleza es inclemente;

…no conoce el perdón ni tiene favoritos.»

Aleksandr Solzhenitsyn 

(Nobel Literatura 1970).

«El arte de escribir consiste en decir la verdad 

…de una manera impertinente.»

(Nobel Literatura, 1989).

«El tiempo es un soberano implacable 

…que no admite súplicas ni acepta sobornos.»

Prólogo: El Ocaso de la Cortesía y La Transmutación de las Formas en el Proceso

La historia de las civilizaciones se escribe tanto en sus tratados políticos como en la astucia de sus interacciones diarias. En Venezo-landria, el periodo de la autodenominada Revolución Bonita, no solo alteró el andamiaje institucional y económico del país, sino que operó una reingeniería profunda en el tejido conductual de su ciudadanía. 

Lo que en la superficie parece una crisis de modales es, en realidad, el síntoma de una fractura ética dirigida desde el poder, donde la pedagogía del ultraje deslizó sistemático al culto de la urbanidad. Este proceso de erosión halló en el sistema educativo su laboratorio más eficaz, transformando el aula –antes santuario de la formación cívica- en un espacio de adoctrinamiento, donde la lealtad política se impuso, sobre el respeto mutuo.

Bajo el amparo de la Ley Orgánica de Educación-2009, en su artículo 6, se facultó al Estado para ejercer control total sobre la formación de la soberanía cognitiva, una noción que en la práctica permitió la politización de currículos y el debilitamiento de la autoridad académica tradicional.

Al institucionalizar un lenguaje confrontativo y alabar el desprestigio del otro como virtud rebelde, la narrativa oficial permeó las estructuras escolares, legitimando actitudes impertinentes e inclementes en el trato social. La educación general, sobre todo la condición insular, sufrió una mutación regresiva: se derribaron los diques de la cortesía para dar paso al darwinismo social donde el furor se interpreta como verdad, y la educación formal como un vestigio de distinción burguesa. 

El resultado, es una sociedad sumida en una hostilidad latente, donde la pérdida de las formas, no es un accidente estético, sino el resultado directo de un modelo que dinamitó las normas de concordia para asegurar su supremacía. La idea es proponer diseccionar esta metempsicosis, analizando cómo el vilipendio, por la norma social, se convirtió en la piedra angular de una nueva, y quebradiza, identidad colectiva.

La Cátedra de la Impertinencia

No hay mucho que comentar cuando se hacen las cosas casi por inercia. La metódica de etiología materna, es cuasi cartesiana. Aunque René no tuvo que ver en eso, solo Carmen mi venerada mamá, quien se fue del mundo vivo un domingo aciago apenas hace tres años, y donde su mención ronda por ahí cada noche sin falta. Madre, me custodia desde su todo.

Me despierto entusiasmado viendo el rosetón del dormitorio donde el sol ametralla el cristal como si quisiera derretirlo. La mañana precoz me hace pasar por la mente eso que sugirió el físico Bertrand Russell, quien escribió superlativo que “El rasgo más universal y distintivo de las personas felices, es el entusiasmo”; filósofo, matemático, lógico y escritor británico, ganador del Nobel de Literatura en 1950 en reconocimiento de sus reveladores y variados alegatos donde salvaguarda ideales sensibles y la libertad de pensamiento.

Muy entusiasmado, me ducho tarareando una melodía que a veces se le suma a uno como una giba, sin saber a quién pertenecía. Elevo la voz sin saber la clave de Sol, Fa, o Do, que asigna notas en las líneas de una partitura y también excluyendo el compás, esa fracción de 4/4 o ¾, que funda el ritmo y los pulsos por cada sección. Salí renovado y pensando en los quehaceres del día y tarareando la misma bendita melodía que como una rémora oportuna, seguía repercutiendo con su rimbombancia en las paredes del pensamiento. 

Una rutina imitada de mamá, quien escribía un inventario de tareas que colgaba cual reparo en la portilla de la nevera, tan albina y profiláctica, como estepa doméstica o desierto congelado, donde nada crece, excepto el hielo. Además, aprendí por Carminella del Toboso, que el inventario de tareas, nunca debía pasar de 5 faenas, como mucho 10, el número ideal de labores por efectuar en un día.    

De acuerdo a la lista, empecé con sacar dinero del banco, pagar el ISLR, ir a la botica por medicinas, pagar el giro vencido de la microonda y al final, comprar en el supermercado los víveres que cada vez se puede adquirir menos, gracias a la desdicha de la revolución que liquidó el poder adquisitivo del poblador, que ya no sabe qué hacer para extender el salario, más estirado que el presupuesto arruinado de la nación, hasta la llegada del Trump-úo.

Donde la Puerca Tuerce el Rabo

Esa es una de esas frases clásicas que usamos para señalar el momento de la verdad. Donde el puerco tuerce el rabo o donde la puerca tuerce el rabo, refiere al punto crítico de un brete, donde las cosas se ponen arduas o se revela la verdadera dificultad de un asunto. Así que partiendo de ese principio salí a la cochinera. De esa forma la calificaba in situ pues cada vez que me tocaba ir a una tienda de abarrotes, algo desagradable sucedía. 

Es tan habitual, que pensé que era yo el que me lo buscaba por ir predispuesto. Pero nada de eso. El tema se hizo periódico al punto de analizar esa tendencia inusual, y descubrir para mi sorpresa que la urbe y su gente está contagiada de tres sustantivos aciagos: miseria, marginalidad e ignorancia, que acabaron en epítetos como mísero, marginal e ignaro, que son esos tres adjetivados mochos, que se reúnen para rascarse.  

La población isleña, y creo en el país, en su mayoría, está enferma de inopia material, herida de marginalidad moral, y llena de ignorancia supina. Son un triunvirato nocivo y letal para un país que no se educó en principios éticos y mucho menos, modales y urbanidad. Y está claro que fue con mala leche que se le hizo al pueblo tamaña maldad para manejar con puño de hierro cual Stalin latinoamericano, con bigote de charro y bruto demás, a un pueblo indefenso e ignorante tras casi seis lustros de calvicie pecuniaria extrema. 

El entusiasmo duró lo que perdura un pedo en un chichorro. Casi como si lo hubiera alquilado previamente, apareció el primer cretino comiéndose la luz, pasando como cohete por delante de nosotros, y por poco nos lleva por delante. El tipo malencarado bravucón ni se inmutó, y dejando una estela de olor rancio, nos miró con rabia de colectivo. Al instante se perdió entre la gente como sabiendo su falta de respeto, por no llamarle, consideración. 

Como Rosa de los Vientos, la rigidez del ambiente se aspiraba en el vecino, así como el sudor se acumulaba en las axilas susceptibles y estresadas por más vainas de la que nadie podía imaginar. La transición, no se veía en el interinato de la regente, pero si en el gentío.

Todos sabíamos por qué ahora el rabo es el que tuerce a la puerca. Y a nadie le gusta que un rabo respire en la cara, y menos si se trata del rabo de un cerdo de aspecto y cochino de conducta. No es que uno se predisponga con los gordos o con los puercos, pero en la isla no se ven gordos que no suden, ni cerdos que huelan a Chanel N.º 5. Pero a modo de excusa con los obesos o los marranos, toda regla tiene sus excepciones. Gracias a la genialidad de la naturaleza, prefiero pensar.

Nada distraía de la situación incómoda. Cada quien en su reflexión instintiva. Como si el pensamiento particular administrara las cosas, y la formación personal con el sentido común de cada uno, nos instruyera que, de estar al tanto, al parecer, sabíamos poco. Nadie conoce a nadie. La cajera, de frente rugosa, ojos pardos foscos, inquietos o repentinamente fijos, como si la inteligencia trabajara en las damas ágilmente sobre un punto preciso, que nadie sabe dónde está. Nada sacó a la neo empleada de la frente rugosa, ni el exceso de cortesía, ni la falta de modales, ni aún, la propia soledad, pulían el frunce de la cara ´e rabo.

Llegué de Guate-mala para ir a Guate-peor planeando justo en la visual de la cajera. En la mirada enemiga, supe que era siniestra, o sea, mentecata. A los setenta, cada año de práctica en toscos, es un dique para el temperamento que provoca tener, pero la etiqueta, y los modales, no admiten irse de bruces, aunque tengas la razón.  Callo para que la libertad de juicio coincida con la urbanidad irreductible, y para saber más de lo que la vida enseña.

Pero decía Camus, en su última novela la intitulada El Primer Hombre, la que leo con avidez pues nunca la terminó… que nada o mucho tiene que ver con el origen del hombre, pero si con sus desasosiegos más ocultos que heredó quién sabe de qué demonio asentado, o de cuál enseñanza que nunca tuvo. Pero incluso los más dotados necesitan un iniciador. La persona que la vida pone un día en su vía, ésa que ha de ser siempre amada y respetada, aunque no sea responsable. Por eso no puedo odiar a nadie y menos decir que no, cosa que exaspera. Pero en cuanto a las almas a las que quiero, nada, ni yo mismo, ni siquiera ellas, harán que deje jamás de quererlas. Tal vez por mucho de eso, hay en mí un vacío atroz, una indiferencia que me hace daño… (Camus dixit)

Ese vacío del que hablaba Camus no es orfandad de afectos, sino el agotamiento del espíritu ante la impertinencia institucionalizada. Al salir de aquel supermercado, con la bolsa rala y el ánimo magullado, comprendí que el maleducado no es simplemente alguien que olvidó el «por favor»; es un militante de la transgresión, un hijo del resentimiento que confunde la zafiedad con el empoderamiento.

La insistente impertinencia de nuestro tiempo se revela como un goteo constante: es el motorizado que te insulta porque no le cediste el paso en tu luz verde, es el funcionario que bosteza mientras expones una urgencia, es la mirada de facha ’e rabo» que te castiga por el simple hecho de intentar ser amable. En Venezo-landria, la cortesía ha pasado a ser vista como una debilidad de carácter o, peor aún, como una sospechosa herencia de esa distinción burguesa que el currículo del 2009 mandó a incinerar.

Concluyo, pues, que la mala educación no es un déficit de lectura, sino una decisión política ejecutada con éxito. El impertinente insiste porque sabe que la norma ha muerto y que el ultraje es la nueva moneda de curso legal. Al final del día, frente a la nevera higiénica de mi madre y tachando las faenas logradas, entiendo que mantener los modales en medio del naufragio no es un acto de esnobismo; es la última trinchera de la libertad. Ser educado hoy, en esta isla de sudores rancios y ceños fruncidos, es un acto de rebeldía absoluta, pues mientras ellos insisten en la barbarie, nosotros persistimos en la civilidad, aunque el rabo siga queriendo, con fuerza hercúlea y grosera, torcer definitivamente a la puerca…

Marcantonio Faillace Carreño

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