Diarios Inverosímiles: El Serafín Místico a la Ultima Rueda de la Casta Cotidiana -Parte 1-
«El amor es un serafín radiante que a veces
decide caminar de la mano de su hermano menor,
…el sufrimiento, para enseñarnos el camino.»
«Aquel pequeño, mi hermano menor en el espíritu,
dormía con la quietud de un serafín
que ha olvidado sus alas en el cielo.»
Gabriela Mistral (Nobel Literatura)
«A veces el orgullo se disfraza de serafín,
pero basta mirarlo a los ojos para reconocer en él
al hermano menor de la envidia.»
La Colazione y El Serafín
Mientras desayunaba para ir al colegio, el joven Martín, pensaba en sus hermanos mayores. Él era un lustro menor que el hermano inmediato, y casi dos del primogénito. Muy tempranito Mamá les daba desayunos saludables. Yogurt con cereal, sándwich de jamón de pavo y mozzarella (para mi lunch), mientras mis hermanos, que estaban en secundaria, se comían el desayuno antes de ir al colegio Santiago de León de Caracas, mientras el serafín, apenas terminaba el sexto grado.
Mamá inquiría a Martín por el encargo diferido de moral y cívica con el trabajo de investigación que mandó la profesora Bello, sobre el documental El menor de los hermanos, que narra la increíble historia de San Juan de Dios, (personaje del siglo XVI en Granada) que cambió la historia del hospicio y del trato a enfermos. Su legado está presente hoy en más de 52 países, y su visión de atención a los enfermos sigue vigente en la vocación sanitaria mundial. Lo que no sabía Martín es que años después, tocaría cuidar a su madre por trances de déficit cognitivo, etapa anterior a la peor enfermedad epistémica de la humanidad a la fecha, la cruel y despiadada Alzheimer.
Recién habían sido exigidos por la maestra Bello, experta en mitología grecolatina, apuntar con esquemas en Powerpoint, una presentación grupal de las siete 7 maravillas del mundo antiguo, todo ello debido al nuevo hallazgo de los restos de la Pirámide de Giza en el Mar Mediterráneo; Mamá hizo repetir en voz alta las otras maravillas del viejo mundo: Los Jardines Colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el templo de Artemisa en Éfeso, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría.
Antes de ir al colegio, precoz, la práctica era la misma. Bajábamos al estacionamiento y abordamos el Mercedes azabache 180 SLE, regalo del padrastro a su mujer. Carmina, como el nombre de la ópera Carmina Burana de la inventada suma de cantos goliardos (vagabundos) del siglo XII y XIII que, Carl Orff convirtió en una de las obras musicales más poderosas de la historia); Carmina Burana fue y es en realidad, la canción que encarnaba a mamama en el mismo campo de batalla perfecto en el que Carmina, la madre de Martín, apuntaba, pues ella, al igual que la ópera, era una dama que no pedía permiso para mezclar sagrado con profano.
Mamá se había documentado con el tema de la ópera de la que llevaba su nombre, y como buena curiosa supo, que Carmina Burana no era técnicamente una ópera, aunque se representaba con toda la fuerza dramática de una. Carl Off la escribió, nos dijo a sus tres hijos, mientras conducía por la antigua embajada americana, que su autor, en 1937, cuando la escribió, la había definido como una cantata escénica, que encajó perfectamente con esa dualidad entre el «serafín» (lo oculto/místico) y el hermano menor (lo popular/terrenal).
Martín estaba inquieto porque la palabra goliardo lo confundía y preguntó a mamá Carmina, sobre qué significa y quien eran los goliardos justo antes de cruzar a la entrada de la escuela en la urbanización La Floresta que lindaba con el parque del este, quien había sido vendido por la heredad vintage de su compañerito de escuela Jorgito Machado.
Mamá recordó la casa de los Machado en el extremo occidental del antiguo Parque del Este, una hacienda colonial, ahora Parque Generalísimo Francisco de Miranda, antes de convertirse en el pulmón verde capital, espacio que latía al ritmo de la Hacienda San José, propiedad de la emblemática familia Machado. En la cartografía apasionada de Caracas, pocos lugares representan mejor la transición entre contexto cotidiano y elevación mística.
Del Patio Familiar al Altar del Paisaje: La Metamorfosis de la Hacienda San José
Bajo el señorío de la casta Machado –artífices de la modernización eléctrica del país- estas tierras funcionaron como el hermano menor de la capital: un refugio doméstico de cafetales y bucares donde la vida transcurría con la ingenuidad del campo. La casona de la hacienda, que aún resiste como ancla histórica dentro del parque, y en la que Carmina llevó a Martín cuando Jorge cumplía años, es el testimonio mudo de esa cotidianidad familiar, un espacio de intimidad que precedió a la explosión del concreto caraqueño.
La mutación de propiedad privada a santuario público ocurrió tras la adquisición de los terrenales por parte del Estado a finales de los 50. La intervención del paisajista brasileño Roberto Burle Marx actuó como un elemento seráfico: elevó el terreno mundano a una categoría espiritual, lo que Carmina llamó El Toque Místico del Serafín. Burle Marx no solo plantó florestas; orquestó un diálogo místico entre el agua, la flora autóctona y la luz, una suerte de Geometría Sagrada.
Con la incorporación del Planetario Humboldt, el parque dejó de mirar hacia el suelo de hacienda para elevar la vista hacia el cosmos, completando esa transición de lo terrenal a lo trascendente, verbo y gracia, un vínculo estelar… «El Parque del Este es, en esencia, un manuscrito urbano: donde anteriormente la familia celebraba lo íntimo (el hermano menor), hoy una ciudad entera que busca la epifanía del reencuentro con la naturaleza (el serafín).»
La apertura del parque en 1961, marcó hito en la planificación latinoamericana, al integrar la estructura de la familia Machado con los avances del diseño moderno, donde Caracas logró lo que pocos centros urbanos consiguen: preservar su raíz familiar mientras nos ofrece un espacio de ascensión espiritual para sus ciudadanos.
Mamá se aclaró el gollete, cuando Martín se bajó del auto. La brisa movía los restos de las florestas de la urbe del mismo nombre, donde habita el colegio en la hacienda vintage de San José. Mamá no sabía si le había explicado suficientemente el asunto de los goliardos y su participación en la ópera Carmina Burana en cuestión. Espero que volviera de clases y mientras eso pasaba, miró de vuelta como los trinos musicales y las hojas como olas de alas animaban el ecosistema urbano.
Cavilando en su respuesta Carmina repasó en su mente la música tronante y rítmica característica del maestro Orff quien explícito quería distanciarse de las óperas complejas y pesadas de su época para volver a algo primario y humano. Y al mismo tiempo recordó ese estilo que se basó en la percusión y en ritmos que parecen latidos del corazón, vinculando con nuestra parte más tangible, terrenal (el «hermano menor«).
En los textos que Carmina encontró, gracias a su esposo, el padrastro de Martín, el Maestro compositor y profesor de teoría y solfeo musical, el Dr. Abreu, familia del fundador de las orquestas juveniles y profesor de música clásica y solfeo, explicó a Carmina, el asunto de los Goliardos.
Orff no había escrito la letra de la ópera. Los textos pertenecen a un códice medieval hallado en la abadía Benediktbeuern, en Baviera, escrito por monjes errantes y estudiantes rebeldes de los siglos XII y XIII, que conocían bien el latín y los himnos sagrados (serafines) pero preferían escribir sobre el vino, las tabernas y el amor carnal (locotidiano). Vendrían siendo, según Abreu, el hermano menor de la iglesia, valga decir, de lo espiritual. Lo que sí hizo Orff, continuó Abreu, fue organizar los poemas en tres (3) grandes secciones, reflejando esa mezcla de contextos cotidianos. Primo Vere (primavera): El despertar de la naturaleza (místico/seráfico). In Taberna (En taberna): caos, juego y bebida (cotidiano/profano). Cour d’amours (Corte de amor): La sensualidad y el deseo humano.
Un dato curioso para análisis, y como colofón, concluyó Abreu a Carmina, aunque la música suene heroica y celestial, en el famoso «O Fortuna», la letra es una queja amarga contra la suerte que nos aplasta a todos por igual. Es el grito del hombre común (hermano menor) ante la inmensidad del destino (serafín).
Anexó, antes de irse, que en narrativas retóricas como Realismo Mágico o la poética de autores como Clarice Lispector o Gabriel García Márquez, estos dos mundos colisionan. El «serafín» aparece sentado a la mesa de la cocina y el «hermano menor» realiza actos que parecen milagrosos. La literatura más poderosa ocurre cuando tratamos al serafín con la familiaridad de un hermano, o cuando miramos a nuestro hermano menor y descubrimos en su fragilidad la luz de un serafín.
Fortuna o La Rueda del Destino
El tiempo, ese gran goliardo que ríe mientras gira la rueda, ha pasado sobre la familia de Martín. Caracas no es la misma, y el Mercedes azabache 180 SLE descansa bajo una funda de polvo y nostalgia, como monumento a una era donde el acero y el cuero olían a futuro.
Hoy, Martín no despierta con el aroma del sándwich de mozzarella, sino con el eco rítmico de un monitor cardíaco que marca el compás de la casa. La Fortuna, la diosa voluble que su madre tanto le explicó, ha girado por completo. Carmina, la mujer que mezclaba lo sagrado con lo profano, ahora habita un no-lugar, un jardín de Babilonia suspendido en la niebla del Alzheimer. Martín la observa. Ella está allí, pero sus ojos son el Faro de Alejandría con la luz fundida. El «serafín» y el «hermano menor» han intercambiado sus puestos: Martín es ahora el guardián de la memoria, el cartógrafo de un continente que se hunde, mientras Carmina es la niña que pregunta por qué el cielo es azul.
Marcantonio Faillace Carreño
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