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El simbolismo del espacio sagrado de las cofradías o hermandades del catolicismo

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El 27 de enero de 1585 fue fundada la Cofradía del Santísimo Sacramento en la ciudad de blancos de San Juan Bautista del Portillo de Carora, localidad del semiárido occidental venezolano, actual estado Lara, fundada en septiembre de 1569. Este fue el inicio de nuestro interés por estas magníficas “estructuras de solidaridad de base religiosa”, tal como las llama y tipifica el historiador marxista francés de la Escuela de Annales Michel Vovelle (Ideologías y mentalidades, p. 87). Ellas tenían una función esencial en el culto religioso, el tránsito inevitable hacia la muerte, brindaban protección social a viudas, huérfanos, enfermos, una especie de seguro social primitivo, pero muy eficiente, además prestaban dinero a bajo interés. 

Eran una red tupida y eficaz de apoyos entre hermanos o cofrades conectados en largas distancias, una suerte de “internet barroco”, que fue más allá de nuestras fronteras, pues la del Santísimo Sacramento llegó a contar con hermanos en Irlanda, España, Portugal, Italia (Génova), Islas Canarias, Reino de Francia (Flandes), Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Nueva Granada (Colombia). En el interior de Venezuela contaba con múltiples cófrades en Caracas, Maracaibo, Valencia, Coro, Barinas, Trujillo, San Carlos de Austria, Mérida, El Tocuyo, La Guaira, Barquisimeto. Resulta muy curioso que en ella no entraron hermanos del oriente de Venezuela, Provincia de Cumaná, que era considerada otro país. Hasta ahora no he conseguido en mis reflexiones una explicación satisfactoria. 

En las cofradías caroreñas durante el régimen colonial encontramos inscritos esclavos, mulatos, curas, monjas concepcionistas de Caracas, doctores, licenciados, intendentes de justicia, sargentos de la compañía de pardos de Carora, capitanes, teniente coronel, sacristanes, sirvientes, indios, mayordomos de las cofradías, maestres de campo, regidores, alféreces, bachilleres, profesores de medicina, escribanos públicos, abogados, notarios del Santo Oficio, maestros de órganos, corregidores, vicarios foráneos, miembros de la Orden de Predicadores, oficial ingeniero, curas doctrineros, teniente de junta mayor, difuntos, administrador de la Real Hacienda, capellán del monasterio de la Concepción de Caracas, moribundos. 

Los apellidos eran también muy variados: Mejía, Rodríguez, Milano, Álvarez, Judas, Andrea, Cordero, Marques, Ruiz, Obelmejias, González, llana, García de guzmán, Loyola, conde, Sosa, almeja de Ramírez, Méndez, Luna, Castro, Gordon,  Sánchez, Almazán, Martin, Fernández Carrasquero, Leal Darmella, Escobar, Arenas, Colmenares, Artigas, Goncalero, Almaraz, Pinto, Reinoso, Escalona, Castillo, Correa de Benavides, Sarmiento, Fiallo, Riera, Esqueda, Delfín, Ortiz Caldera de Quiñonez, Sanz, Gilges, Zúñiga, Colevel, Silva y Aguiar, Córdova, Paiva, Campos Galindo, Adames, Reina, Sánchez de la Roca, Gamarra, Barrios Pernalete, Amigo de Oviedo, Riberos, Matehus de la Fuente, Ribera, Cornieles, Chica, Bambelle, Herrequi, Gómez de Bayas,  Barrientos, Nadal, López, Belmonte, paredes, Piñero, Serrano, Xeldres, Chávez Yilan, Lozano, Pantoja y Monrroi, Cuenca, Burgos Lozano, Vivas, Ravelo, amigo de Oviedo, Navarro Alburjas, Varón, Velasco, Rosado, Guerra, Queralt. 

No podían estar ausentes de este florilegio de apelativos los sonoros apellidos de los patricios o godos de Carora: Oropeza, Montesdeoca, Zubillaga, Herrera, Perera, Silva, Álvarez, Riera, Aguinagalde, Gonzales Franco, Meléndez, Yépez, Riera, Gutiérrez, grupo social minoritario semejante a una casta y que ha ejercido una hegemonía ideológica y cultural en términos gramscianos hasta los días que corren.

En esos viejos libros de cofradías se encuentra reflejada una sociedad que por su diversidad nos asombra. Todos sin exclusión tenían cabida en estas estructuras de solidaridad de base religiosa.    

La promesa bíblica de salvación, por conducto eficaz de las cofradías y hermandades coloniales, mantuvo en interconexión a los hermanos que estaban diseminados en el gigantesco territorio de la Provincia de Venezuela en el siglo XVII, contradiciendo la idea de que fue una centuria muda y sin conexión alguna entre sus apartadas regiones y centros poblados, errónea idea de Laureano Vallenilla Lanz, entre otros. Los seres humanos somos seres sociales y nos agrupamos en muchísimas formas de encuentro y de cooperación.  Las fraternidades religiosas son probablemente las más conocidas de esas asociaciones, dice Peter Burke (Hablar y callar. Funciones sociales del lenguaje a través de la historia 1996, P.96). Valiéndose sabiamente de ese como instintivo y primario impulso biológico que ha estudiado la etología moderna, con Konrad Lorenz (1903-1989) como su fundador, la Iglesia Católica da sentido grupal y de unidad a los seres humanos, explotando el comportamiento altruista programado por adaptaciones filogenéticas. De otro modo no podría entenderse el gigantesco impulso colonizador de España en el Nuevo Mundo americano durante 300 años, nación que se cree obligada con el Evangelio a preparar la segunda venida de Jesucristo en la Parusía, al final de los tiempos: fin de la historia humana (Mateo 24).

Para entender plenamente tal fenómeno debemos rescatar el concepto de grupo, dándose la mano historia y etnología, advierte Jacques Le Goff, El orden de la memoria. El tiempo como imaginario. 1991, p. 140. Constituyen los grupos una estructura, una coherencia, unas realidades sociales que el tiempo desgasta y arrastra durante un largo tiempo…mandamientos espirituales, marcos mentales que se constituyen en prisiones de larga duración (Pierre Vilar, Iniciación al vocabulario del análisis histórico, 1981, p. 64 y 65.) 

¿De qué sutiles y eficientes mecanismos se valen las cofradías y hermandades para cumplir tan vigoroso propósito de redención humana y transmundana en el entramado social de la Colonia y de la República, a lo largo del continente americano y en Europa moderna?  Se debe a no dudarlo a la enorme carga simbólica del cristianismo y del catolicismo en particular. Resuenan las palabras de Octavio Paz cuando dijo que el catolicismo es una religión de imágenes. Símbolos e imágenes de todo tipo que son necesarios para darle sentido individual y social a la existencia humana. Lo sagrado comunica significados simbólicos. La semiótica será entonces una herramienta fundamental para estudiar cómo los humanos llenamos los desiertos espirituales. 

Jaques Le Goff (1924-2014), historiador de la Edad Media, perteneciente a la tercera generación de la Escuela Analista francesa, fue una referencia fundamental para entender el complejísimo sentido de una noción religiosa tan importante como el purgatorio, un tercer lugar distinto al cielo y al infierno que no tiene base bíblica, pues es una creación del catolicismo del siglo XIII en Francia. Esta obra titulada El nacimiento del purgatorio (1981), no se consigue en Venezuela y me fue enviada fotocopiada, un delito en España, por mi amigo Luis Eduardo Mora Santana. Los creyentes caroreños estaban seguros que su salida de ese tenebroso lugar de la geografía del más allá se apuraba por la cantidad de misas, cantadas o no, centenares de oficios religiosos, que se le hiciesen en obsequio del cófrade o hermano difunto.

Al exponer estas polémicas y poco conocidas ideas sobre la falta de referencia bíblica de la creencia en el purgatorio, en un acto en la Catedral de San Juan motivado por la asunción del nuevo obispo de la Diócesis de Carora en 2013, sociólogo Luis Armando Tineo Rivera, al terminar mi exposición tomó la palabra este príncipe de la Iglesia Católica para rebatir la posición de Jacques Le Goff y que yo asumí como mía. Jamás pensé que aquello podría ser en la actualidad un punto sensible en la teología del tercer milenio. Fue para mi persona una verdadera sorpresa tal incidente.

Las cofradías en el siglo XXI

Estas magníficas instituciones religiosas animadas por la Iglesia Católica venezolana siguen existiendo en el tercer milenio, sólo que han visto disminuidas sus funciones otrora tan importantes. ¿A qué se debe esta merma significativa de sus funciones? En primer lugar, la excepcional ruptura de un orden que venía de tiempos coloniales ocasionado por la abrupta aparición de una inmensa riqueza petrolera en la década de 1920.  El país sufre un quiebre de sus hábitos y costumbres seculares que venían marcados por el célebre Concilio de Trento del siglo XVI. 

Lo otro viene dado por la creación reciente de los modernos ministerios de salud y educación, así como la creación del Seguro social Obligatorio, instituciones gubernamentales laicas que pasaron a ocupar las funciones de las cofradías y hermandades. 

Sin embargo, son estas estructuras de solidaridad de base religiosa las que han creado entre nosotros un sentido mutualista, sociabilidad y de ayuda del cual carece el mundo anglo sajón y protestante. Una diferencia básica que debemos fomentar para protegernos de la influencia cultural avasallante del norte que vendrá después de los terribles sucesos del 3 de enero de 2026.

Luis Eduardo Cortés Riera

 cronistadecarora@gmail.com

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