La juez ha dejado al descubierto su juego ilícito, su desviación institucional y su triada oscura de la personalidad
«Ningún vencido tiene justicia si lo ha de juzgar su vencedor.»
«Una mujer madura es aquella que ha hecho las paces con su pasado, que ha sabido perdonar y perdonarse, y mira el futuro con ilusión».
Todo esto sucede en el territorio imaginario de Torenza, con una juez narcisista , psicópata y maquiavélica.
El ejercicio de la judicatura exige un equilibrio anímico e intelectual incorruptible. Cuando el poder se deposita en manos de una operadora carcomida por sesgos personales y resentimientos no resueltos, el proceso penal se degrada hasta alcanzar la más pura barbarie judicial. Nos encontramos ante un perfil en el que la judicatura se ejerce desde un narcisismo patológico y una inquina sistemática hacia el justiciable. Al canalizar frustraciones individuales a través de la investidura pública, se configura un resentimiento crónico que hoy, desde la comodidad de una toga, se utiliza como un instrumento de desquite, fobia y castigo desproporcionado.
Esta patología emocional se traduce de inmediato en una preocupante carencia técnica del derecho. El resultado es una verdadera anomalía jurídica donde las resoluciones carecen de sustento doctrinal, dogmático o constitucional; se construyen fallos y falsas interpretaciones a capricho para justificar la arbitrariedad. El comportamiento en el tribunal oscila de manera errática: en una audiencia se simula educación y receptividad, aparentando comprender la debilidad de la acusación, mientras que en la siguiente se actúa con un rigorismo implacable y hostil. Al adelantar criterios de culpabilidad sin haber concluido el debate probatorio, se pisotea descaradamente la regla de trato........
