menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Ormuz: El estrecho que puede sacudir la economía mundial

8 0
yesterday

En la geopolítica global existen territorios cuya relevancia excede con mucho su tamaño físico. El estrecho de Ormuz es uno de ellos. Este paso marítimo, ubicado entre Irán y el sultanato de Omán, constituye la principal puerta de salida del Golfo Pérsico hacia el océano Índico y, con ello, hacia los mercados energéticos del mundo. Su anchura apenas ronda los 50 kilómetros en su punto más estrecho y su profundidad no supera los 60 metros, características que lo convierten en uno de los corredores marítimos más vulnerables y estratégicos del planeta.

Pese a su reducido tamaño, el estrecho de Ormuz funciona como la principal arteria energética del sistema internacional. De acuerdo con la Agencia de Información Energética de Estados Unidos, alrededor de 20 millones de barriles de petróleo transitaron diariamente por esta ruta en 2024, lo que equivale aproximadamente al 20% del consumo mundial de crudo. A ello se suma un dato igualmente relevante: cerca de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado también atraviesa estas aguas, principalmente desde Catar, uno de los mayores exportadores del mundo.

La importancia económica de esta zona geográfica se explica por una simple razón: no existe una alternativa logística comparable. Aunque Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos cuentan con oleoductos que permiten transportar hasta 2.6 millones de barriles diarios sin pasar por Ormuz, esta capacidad resulta limitada frente al volumen total que se moviliza desde el Golfo Pérsico. Por esta razón, cualquier perturbación en este punto estratégico repercute inmediatamente en los mercados energéticos globales.

La geografía del estrecho también explica su relevancia militar. La región está salpicada de islas de enorme valor estratégico, como Ormuz, Qeshm y Larak, frente a la costa iraní de Bandar Abás. A ellas se suman las islas de la Gran Tomb, la Pequeña Tomb y Abu Musa, cuya ocupación por parte de Irán desde 1971 -tras la retirada británica de la región- ha consolidado una posición privilegiada de vigilancia sobre las rutas marítimas del Golfo.

Desde estas posiciones, Irán ha construido una capacidad de control que se sustenta en su presencia naval y en la acción de los Guardianes de la Revolución, encargados de las operaciones militares en el Golfo Pérsico. Para Teherán, el estrecho representa no sólo una zona estratégica, sino también un instrumento de presión geopolítica frente a sus adversarios regionales y globales.

La historia reciente demuestra hasta qué punto Ormuz puede convertirse en un foco de tensión internacional. Durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), la región fue escenario de la llamada “guerra de los petroleros”, en la que más de 500 embarcaciones resultaron dañadas o destruidas. Aquella crisis dejó en evidencia la fragilidad de las rutas energéticas que alimentan la economía global.

Hoy, cuatro décadas después, el estrecho vuelve a ocupar el centro de las preocupaciones estratégicas. Las recientes tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán han elevado el riesgo de que este corredor marítimo se convierta nuevamente en un teatro de confrontación. Tras los ataques militares contra instalaciones iraníes y la respuesta de Teherán con misiles y drones dirigidos contra objetivos en el Golfo, la seguridad del tránsito marítimo se ha visto seriamente amenazada.

Irán posee capacidades militares que le permiten perturbar el tráfico comercial en el estrecho. Su industria militar ha desarrollado una notable producción de drones -con estimaciones que señalan una capacidad de fabricación cercana a 10 mil unidades mensuales- además de un arsenal de misiles cuya magnitud sigue siendo objeto de debate entre analistas militares. Aunque no está claro cuánto tiempo podría sostener una campaña ofensiva prolongada, basta con que algunos ataques logren impactar embarcaciones o infraestructura energética para generar una reacción inmediata en los mercados.

De hecho, los efectos económicos ya se han comenzado a sentir. En los días posteriores a los ataques iraníes contra buques en la región, el precio del petróleo Brent se incrementó alrededor de 12%, mientras que el índice de referencia del gas natural europeo registró un aumento cercano al 50%. Esto confirma que la estabilidad de Ormuz no es un asunto regional, sino un factor determinante para la economía mundial.

El impacto se amplifica por la dependencia energética de Asia. Más del 80% del petróleo y gas que atraviesa el estrecho tiene como destino países asiáticos, particularmente China, India, Japón y Corea del Sur. Para estas economías altamente industrializadas, la interrupción del tránsito por Ormuz representaría un desafío inmediato para su seguridad energética.

En este contexto, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán adquiere una dimensión más amplia. Más allá de las disputas políticas, ideológicas o de seguridad regional, lo que también está en juego es la capacidad de influir sobre el flujo energético que alimenta a la economía global. Controlar o bloquear Ormuz significa, en términos prácticos, ejercer presión sobre los precios internacionales del petróleo y del gas, con efectos directos sobre la inflación, los mercados financieros y el crecimiento económico mundial.

En términos prospectivos, el estrecho de Ormuz seguirá siendo uno de los principales focos de tensión geopolítica en las próximas décadas. Mientras el mundo continúe dependiendo de los hidrocarburos como principal fuente de energía, estos “cuellos de botella” estratégicos mantendrán una relevancia decisiva.

La transición energética que impulsan muchas economías podría reducir gradualmente esta dependencia. Sin embargo, en el corto y mediano plazo el petróleo y el gas seguirán siendo pilares fundamentales del sistema energético global, este fenómeno global es ineludible. En consecuencia, la estabilidad del estrecho de Ormuz continuará condicionando la seguridad económica internacional.

La lección es clara: en la era de la globalización energética, un corredor marítimo de apenas unos kilómetros de ancho puede influir en el destino económico del planeta. Y en esa estrecha franja de agua entre Irán y Omán se juega, en buena medida, la estabilidad del mercado energético mundial.

POR LUIS MIGUEL MARTÍNEZ ANZURES


© El Heraldo de México