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Papi, ¡abre la chequera!

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Los medios han señalado -una vez más y como sucede en cada ocasión que Zuckerberg es citado por alguna autoridad- que estamos frente al juicio del siglo y la posibilidad de frenar, todo lo malo, que le sucede a la juventud en redes. Con un fallo en Los Ángeles, una mujer de 20 años podría recibir 6 millones de dólares de Meta y Google y, de manera lógica, ha dado lugar a incontables titulares.

Y, efectivamente, este caso es notable. Llevaba al banquillo al diseño de las plataformas y, analizaría, el uso por menores de edad.

El tema medular podría haber sido la naturaleza de las redes sociales (si YouTube es una) y su relación con la salud mental. Sin embargo, la noticia se encamina a señalar que es la primera vez que las tecnológicas pierden y que vendrán más demandas.

Más allá de la sentencia y, el muchísimo ruido a su alrededor, poco cambia, en realidad. Estamos frente a una historia que se repite en millones de hogares: siendo niña, a los 6 años, la demandante comenzó a utilizar YouTube y a los 9, creó su propio perfil de Instagram.  

¿Cuántas veces hemos visto el mismo ciclo en donde la sociedad delega la educación y el cuidado de los más pequeños a la “niñera digital”?

 Los abogados lo decían: pasaba incontables horas frente a la pantalla durante etapas cruciales del desarrollo, es decir, su infancia y adolescencia. Incluso, señalaba que las plataformas eran “máquinas de adicción”.

Sin querer criminalizar al entorno de la joven, no podemos dejar de lado las razones por las cuales ella no tenía otras opciones de entretenimiento, educación y cuidado. Las necesidades económicas y sociales hacen que ambas figuras paternas deban trabajar.

Sin embargo, ¿en dónde quedan las obligaciones del Estado por brindar espacios abiertos y seguros para las infancias? ¿Los maestros no notaban sus hábitos digitales poco sanos? ¿No tenía a su alrededor amigos que la hicieran despegarse del dispositivo?  Obviamente, este tipo de conflictos poseen tantas aristas como lugares en común para muchas otras jóvenes. Y, el peor de los efectos, es simplificar situaciones complejas replicando patrones vinculados con el dinero.

¿Cuántas veces hemos visto que el padre o madre ausente tratan de resolver todo con su cartera? ¿Cuántas más vemos a niñas, niños y adolescentes que prefieren recibir regalos, viajes o dinero ya que ello les da una falsa sensación de libertad?

Ojalá que los medios se equivoquen y no estemos ante un precedente clave. Refleja que como sociedad no entendemos que no basta con extender cheques, por más simbólicos que sean. La resolución no exige ningún cambio en el modelo de negocios, ninguna política de alfabetización, medida de prevención o corresponsabilidad. ¿Podemos sentirnos satisfechos?

POR: LAURA CORONADO CONTRERAS* PROFESORA DE LA FACULTAD DE ESTUDIOS GLOBALES DE LA UNIVERSIDAD ANÁHUAC MÉXICO. SÍGALA EN X @SOYLAUCORONADO  


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