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Diario semanario: bitácora del asombro

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30.03.2026

A la manera sabineseana, comenzaré diciendo que me encantan los libros, como me encanta Dios.

Por eso no desaproveché la oportunidad de celebrar la vida y la obra del Poeta Mayor de Chiapas, Jaime Sabines, en el marco de la conmemoración de los 100 años de su natalicio.

Desde el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, organizamos una actividad entrañable: un círculo de lectura dedicado a varios títulos, con la participación de la maestra Pilar Jiménez Trejo, autora de Jaime Sabines. Apuntes para una biografía, y de mi amigo el magistrado Julio Sabines Chesterking, sobrino del poeta.

Por la ocasión preparé unas líneas para hablar un poco de Diario semanario y poemas en prosa, ejemplar que me ha acompañado desde ya un buen tiempo y con el que hay muchas vinculaciones.

Siempre he pensado que, en efecto, los libros son pequeñas cápsulas —fragmentos— de la condición humana. De tal suerte que escritoras y escritores, a manera de  náufragos, depositan, en esa botella de papel, su mensaje —sea de auxilio, conocimiento, curiosidad, empatía— con la esperanza de que las olas del tiempo lo lleven a buen puerto, es decir, a un buen lector.

Eso pasa con las palabras de Sabines, no envejecen. Por el contrario, rejuvenecen y se vuelven presentes cada vez que se leen como un rezo. Diario semanario y poemas en prosa es, en ese sentido, un ente vivo. No un registro ordenado del mundo, sino una bitácora del asombro.

Durante la campaña judicial, hace ya un año, tomamos prestado el nombre —Diario semanario— para narrar, semana a semana, el recorrido por el país. No lo sé de cierto, lo supongo, pero no fue casualidad. También fue una una bitácora de encuentros, de dudas, de aprendizajes y, sobre todo, de asombro.

Sabines escribe desde la incomodidad. Desde quien no termina de adaptarse. Desde quien mira y se extraña. Esa mirada, la del chiapaneco que llega a la gran ciudad, es también una forma de entender el país: no desde la costumbre, sino desde la curiosidad. No desde el centro, sino desde la periferia.

Y es precisamente ahí, me parece, que hay una lección profunda. Cuando la vida se vuelve rutina, el riesgo no es el desorden, sino el vacío. Lo mismo puede ocurrir con las instituciones. Todo puede funcionar… y, sin embargo, dejar de tener sentido.

Por eso Sabines nos invita a resistir. A no reducir la vida a listas. A no convertirla en trámite. A no simplificar lo complejo. Esa es también una lección para la democracia.

Porque la democracia no es sólo un procedimiento. No se agota en las urnas el día de la jornada. Es una experiencia colectiva que descansa en la confianza. En la certeza de que las reglas importan, pero también que la justicia existe, es real, imparcial y accesible.

Durante el recorrido por el país apelamos a todo lo poético que aún tiene la política: México no se entiende desde un solo lugar. Se entiende caminándolo. Escuchándolo. Mirándolo desde sus márgenes.

Quien viene de fuera mira distinto, parece decirnos el poeta. No normaliza. No se acostumbra. Y ahí radica el valor del asombro. Asombrarse es resistir. Es una forma de afirmar que aún hay posibilidad de cambio. Que la realidad, por compleja que sea, merece ser entendida antes que simplificada.

Ejercer el poder implica necesariamente comprender el país que somos para imaginar el país que podemos ser. Y la justicia electoral, en particular, tiene esa responsabilidad: no sólo aplicar la norma, sino entender el contexto; no sólo resolver, sino explicar; no sólo decidir, sino generar confianza.

Sabines también nos deja una advertencia ética: no convencer, sino respetar. No imponer, sino garantizar. No uniformar, sino permitir. Permitir que cada persona piense, decida y elija en libertad.

Ese es, al final, el sentido de esta reflexión.

POR GILBERTO BÁTIZ GARCÍA MAGISTRADO PRESIDENTE DEL TEPJF


© El Heraldo de México