Sin arrepentimiento. Sin perdón
El Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, presentado el pasado 1 de septiembre, fue muy revelador. Pero no tanto por lo que dijo, ni siquiera por lo que decidió no decir. Fue revelador por lo que tuvo de confesión, por lo que mostró del sentimiento real de quien ejerce la máxima responsabilidad política del país y por la forma en que la presidenta entiende hoy el poder.
Quiero detenerme primero en algo que ha quedado reseñado en distintos análisis del discurso. A su mentor, jefe y, en el fondo, creador político, Andrés Manuel López Obrador, esta vez lo colocó menos en el centro. Su nombre apareció, por ejemplo, al hablar de la basificación de maestros y su legado estuvo presente a lo largo de toda la reivindicación de la ‘Cuarta Transformación’. Pero Sheinbaum evitó convertir el informe en una nueva ceremonia de subordinación personal. Si fue decisión suya o consejo de alguien cercano, fue una muestra de inteligencia política.
Porque uno de los principales negativos que ha ido acumulando la Presidenta no proviene de que se sienta parte de la ‛4T’. Está en todo su derecho. El problema es la insistencia con la que reivindica la continuidad y se presenta como consolidadora de aquel proyecto. Cuanto más insiste en ello, más se convierte también en protagonista y casi en corresponsable política de los errores cometidos por quien creó la ‛Cuarta Transformación’.
Ahora bien, que la palabra “corrupción” no apareciera ni una sola vez en el mensaje oral del Segundo Informe, con todo lo que está cayendo alrededor del poder, no es solamente un insulto a la inteligencia. Es una señal política gravísima. La presidenta sí habló de “honradez”, de “honestidad” y de “austeridad republicana”. En este punto es necesario hacer una precisión importante: el documento escrito entregado al Congreso sí aborda el combate a la corrupción, es decir, el tema existe en el expediente burocrático. Lo que no existió fue en el discurso político de la presidenta ante el país.........
