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Matar al mensajero. Ocultar el mensaje

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17.08.2026

Todos los poderes, incluso aquellos que nos han servido de referencia para defender nuestro derecho a la libertad, han sentido alguna vez la tentación de matar al mensajero.

En 1787, Thomas Jefferson dejó escrita una de las defensas más célebres de la libertad de prensa. En una carta a Edward Carrington sostuvo que, si tuviera que elegir entre “un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno”, no dudaría en preferir lo segundo.

Dieciséis años después, ya como presidente, Jefferson mostró la otra cara del poder. En 1803 escribió al gobernador de Pensilvania, Thomas McKean, que no había que perseguir a toda la prensa, porque parecería persecución. Bastaba con actuar contra unos cuantos para que los demás entendieran el mensaje.

Como ven, este problema de la relación entre la verdad, la prensa y el poder es eterno. Incluso quienes construyeron algunas de las grandes referencias de la libertad moderna sintieron, cuando tuvieron el poder en sus manos, la tentación de decidir qué voces debían ser castigadas. Matar al mensajero, o al menos disciplinarlo, es una tentación mucho más antigua que cualquiera de nuestros gobiernos contemporáneos.

Y pocas cosas han demostrado mejor el poder del miedo y de la censura que una lista. La historia del siglo XX dejó uno de sus ejemplos más claros precisamente en Estados Unidos.

El mundo empezó a ir mal cuando, en Estados Unidos, todo Hollywood, los intelectuales y los políticos comenzaron a temblar por una lista.

Eran los años duros de la posguerra y del comienzo de la Guerra Fría. Harry Truman ocupaba todavía la Casa Blanca, antes del relevo que llevaría a Dwight Eisenhower a la Presidencia. Fue entonces cuando un senador republicano de Wisconsin llamado Joseph McCarthy, de quien después se conocerían sus graves problemas con el alcohol, convirtió la búsqueda de los enemigos de Estados Unidos en una cruzada política. Primero apuntó hacia el Departamento de Estado.

En febrero de 1950 aseguró tener en sus manos una lista con los nombres de 205 comunistas infiltrados en el gobierno estadounidense. Nunca pudo demostrar semejante acusación. Poco importó. Para entonces, la lista ya había empezado a circular y funcionar.

La acusación era sencilla: ser comunista, haber sido comunista, simpatizar con ellos, colaborar con ellos o, simplemente, resultar sospechoso. Bastaba el señalamiento. El mundo tembló.

Lillian Hellman, compañera durante décadas de Dashiell Hammett y autora teatral de enorme éxito, escribió sobre aquella época un libro que todavía hoy permanece como uno de los testimonios señeros de lo que ocurre cuando los pueblos se vuelven locos y convierten la disparidad de criterio, el pensamiento diferente o la simple posibilidad de creer que aquello que está enfrente puede ser mejor que lo que uno tiene en una forma de traición. Lo llamó Tiempo de canallas.

Hellman retrató aquel mundo en el que su compañero, Dashiell Hammett, autor de Cosecha roja, amigos y contemporáneos, grandes directores de cine como Elia Kazan, y guionistas como Dalton Trumbo quedaron atrapados en el clima de sospecha, delación y persecución de la época. No todos reaccionaron de la misma manera. Hammett se negó a proporcionar información y terminó en prisión.

Trumbo, uno de los Diez de Hollywood, fue condenado por desacato, encarcelado y obligado durante años a escribir sin poder firmar con su propio nombre. Kazan tomó el camino contrario: después de negarse inicialmente a proporcionar nombres, acabó colaborando con el Comité de Actividades Antiestadounidenses y señaló a antiguos compañeros.

Aquella fue una época en la que muchos tuvieron que refugiarse en el alcohol, esconderse, desaparecer profesionalmente y convivir, metafóricamente, con las........

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