La profundidad del mar y por qué no puedo asegurar que debajo de Bogotá no haya lo mismo
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Seguro te ha pasado: Vas a la playa, el sol brilla, el cielo es azul, estás comiendo dulce de tamarindo y te acaban de hacer un masaje playero por tan solo 20.000 pesitos, de esos que “no vas a encontrar en ningún otro lugar”, y por el que a un gringo le habrían cobrado cinco veces más caro. De repente el calor se hace pesado, espeso, de ese que se escurre como miel desde el pelo hacia la cara, baja por el pecho, los brazos y cubre todo el cuerpo. Además, sigues lleno del aceite del masaje. Es hora de ir a nadar al mar, ¿a qué vinimos, si no a eso?
Las olas revientan contra tus tobillos, aprietas los dedos de los pies y sientes como la arena cede y se ablanda. El agua está fría, pero cualquier cosa mejor a derretirse con tu tío que decidió quedarse leyendo entre la arena y el sudor. Hay dos partes del cuerpo que te cuesta sumergir: primero la cintura, con todo lo que implica, y luego los pezones, que nunca disfrutan y delatan los cambios de temperatura. Pero perseveras y lo logras. Superas la prueba y empiezas a nadar con los pezones puntiagudos. Tu primo te reta a una carrera hasta la........
