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Universidad, ¿para quién?

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03.03.2026

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Llevamos siglos construyendo templos del saber. Es hora de preguntarnos, sin eufemismos, a quién le abren las puertas.

I. Una herencia de mil años

En 1088, en Bolonia, un grupo de estudiantes decidió contratar juristas para que les enseñaran derecho romano. No fue un rey ni la Iglesia quien fundó aquello: fueron los propios estudiantes, organizados, exigiendo que el conocimiento tuviera una casa propia. Nació así el Alma Mater Studiorum, la universidad más antigua del mundo occidental, con un lema que todavía resuena: madre nutricia de los estudios. Siglos después vendrían Oxford, Cambridge, Salamanca. Cada una cargando la misma promesa fundacional: la universidad existe para buscar las causas más profundas, pensar cómo organizar la sociedad, forjar el pensamiento que una nación necesita si quiere ser más que un territorio con habitantes.

Cada vez que asisto al debate público sobre educación en Colombia, me preocupa no sólo lo que hace mal el sistema universitario, sino olvidar para qué lo construimos: lo conseguido con la Constitución de 1991 y la Ley 30 de 1992 tuvo claro el norte que el ruido de los últimos años parece eclipsar. Llevamos décadas debatiendo sobre temas administrativos cómo: quién ocupa la rectoría, cómo distribuir el presupuesto, quién tiene derecho a la gratuidad (debates legítimos), pero ignoramos que el techo y el piso se hunden. Y el piso se llama educación media.

II. El piso que nadie quiere ver

A comienzos de este año, las universidades Icesi, Javeriana y Los Andes publicaron un informe que debería haber detenido el país. Su título era discreto: «Las implicaciones de la inacción en la educación media en Colombia». Sus números, contundentes: De cada cien niños que iniciaron primaria en 2013, solo cincuenta y cinco llegaron a grado once en 2023. De esos cincuenta y cinco, apenas 13 jóvenes (23 %) alcanzó competencias satisfactorias en matemáticas, lectura crítica, ciencias naturales y ciencias sociales. Ese es el estado de nuestra educación.

No son cifras abstractas. Son vidas, jóvenes que el sistema expulsó no por falta de talento, sino porque el país nunca les ofreció una educación media con propósito real. El Ministerio de Educación reporta que en 2023 abandonaron el colegio 335.000 estudiantes, una de las cifras más altas de la última década. Y no basta con señalar la pobreza como causa única: hay determinantes sociales complejos, hay ausencia de sentido, hay un currículo que no dialoga con estos jóvenes. La deserción es el síntoma. La enfermedad es que la educación media colombiana carece de un proyecto educativo a largo plazo.

Las brechas territoriales son, además, una bofetada a cualquier discurso sobre igualdad. Según el informe, en municipios como Envigado o Sabaneta cerca de cuarenta de cada cien estudiantes termina grado once con competencias satisfactorias. Mientras que, en Chocó o Vichada, esa cifra cae a uno de cada cien. El lugar de nacimiento es el principal determinante del futuro educativo de una persona en nuestro país. Y eso no lo corrige la ceremonia de graduación, así incluya la gratuidad.

“El problema no es solo cuántos estudian. Es qué estudian, para qué, y cuántos llegan siquiera a la puerta”.

III. La trampa del populismo educativo

Hay algo que me incomoda profundamente en la manera en que Colombia ha abordado la educación superior en los últimos años: se ha confundido el derecho fundamental con el eslogan. La gratuidad universitaria tiene un propósito loable, que no se discute. Pero cuando se la convierte en bandera política, sin haber resuelto la base del problema, deja de ser política pública y se transforma en populismo.

La gratuidad llega a los jóvenes que ya están en la universidad, los que votan, no a........

© El Espectador