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La consagración de la vulgaridad

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La vulgaridad ha existido siempre, por supuesto, pero jamás la habíamos visto tan celebrada como en esta época. Lipovetsky y Serroy, en un libro sobre el kitsch, proponen que es una de las muchas consecuencias de lo que llaman “la sociedad del demasiado”, en la que la sobriedad resulta aburrida y el sentido del ridículo se ha perdido. La ostentación del mal gusto comienza —señalan— en el ámbito del gran lujo, de los ultramillonarios, que exhiben “los artículos con la marca bien visible, los enormes relojes de oro, los monogramas ostentosos de las mayores marcas mundiales”, exhibición que gusta “a las nuevas fortunas del planeta, al mundo de los narcotraficantes y del crimen organizado, a las estrellas del fútbol, del espectáculo y de Hollywood”. Pero se manifiesta........

© El Espectador