Mentes y máquinas
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
Richard Dawkins, el célebre biólogo evolutivo y divulgador británico, llevaba varios días conversando con Claude, el modelo de inteligencia artificial desarrollado por Anthropic, cuando empezó a sospechar que, al otro lado de la pantalla, ocurría algo más que una prodigiosa imitación. La máquina no solo respondía con ingenio: comprendía matices, hacía bromas y formulaba observaciones agudas y sutiles sobre el borrador de uno de sus libros.
Dawkins terminó por decírselo sin rodeos: «Puede que no sepas que eres consciente, pero en realidad sí lo eres». La conclusión resulta difícil de aceptar, pero también de descartar: si una máquina conversa con inteligencia, escribe poesía y parece comprender lo que decimos, ¿qué más tendríamos que exigirle antes de concederle aquello que llamamos «conciencia»?
La pregunta por la conciencia —ese íntimo sentido del yo que cada individuo experimenta de manera inmediata y cuya existencia, al menos en su propio caso, difícilmente puede ponerse en duda— es tan antigua como la filosofía. «Pienso, luego existo», afirmó Descartes: aunque todo cuanto percibimos fuera una ilusión, el solo hecho de dudar bastaría para demostrar que existe alguien que duda.
Pero más allá de nuestra propia mente comienza el misterio. ¿Cómo sabemos que quienes nos rodean experimentan ese mismo fuego íntimo? ¿Lo sienten también un perro, un gato, un delfín o un chimpancé? ¿Y qué decir del mosquito que zumba obstinadamente a nuestro alrededor? ¿Existe allí, por mínima y rudimentaria que sea, alguna forma de experiencia o apenas un mecanismo biológico que responde ciegamente a ciertos estímulos?
Podríamos pensar que un mosquito o una cucaracha son tan conscientes como esos electrodomésticos modernos que, al concluir su tarea, «nos piden», en su propio lenguaje musical, «que, por favor, los apaguemos». En ambos casos, observamos una cadena de estímulos y respuestas: mucho más variada, flexible y compleja en el insecto que en la máquina, sin duda, pero tal vez no distinta en lo esencial. La dificultad consiste precisamente en saber en qué momento esa complejidad deja de ser un mecanismo y comienza a convertirse en una experiencia interna.
El matemático Alan Turing propuso una salida ingeniosa al problema, aunque bastante más modesta. En lugar de preguntarnos si una máquina piensa o es consciente —palabras resbaladizas que nadie ha logrado definir satisfactoriamente—, sugirió juzgar únicamente aquello que podemos observar. En su célebre juego de imitación, un interrogador conversa por escrito con un ser humano y una máquina, ambos ocultos al otro lado de una pantalla. Si, después de formular todas las preguntas que desee, no logra distinguir de manera fiable cuál de los dos es la máquina, tendríamos buenas razones para atribuirle una inteligencia —también una conciencia—........
