menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La sombra de Hiroshima

28 0
08.08.2026

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

Este jueves pasado se cumplieron ochenta y un años de uno de los crímenes de guerra más atroces de la historia moderna.

En la madrugada del lunes 6 de agosto de 1945, el coronel Paul Tibbets y los once tripulantes del Enola Gay se preparaban para despegar desde la isla de Tinian. Antes de subir al bombardero, escucharon la oración del capellán William B. Downey: «Padre Todopoderoso, acompaña a quienes desafían las alturas de tu cielo y llevan la batalla a sus enemigos. Guárdalos y protégelos mientras cumplen la misión encomendada, y haz que, armados con tu poderío, conduzcan rápidamente esta guerra a su fin» [1].

Hiroshima había sido escogida por razones macabras. Tokio y muchas otras ciudades japonesas yacían ya devastadas por los bombardeos incendiarios —otro crimen de guerra que los vencedores excluyeron de la historia universal de la infamia—. Hiroshima, en cambio, permanecía casi intacta: una ciudad viva, con hospitales, escuelas, mercados y familias que aquella mañana aún ignoraban el apocalipsis que se cernía sobre ellas.

Existía la posibilidad de detonar la bomba en una zona deshabitada ante observadores japoneses. También habría sido posible advertir con antelación a la población civil. Ambas alternativas fueron descartadas. Los responsables buscaban lograr el «mayor efecto psicológico» y acelerar la rendición. Dicho sin el lenguaje hipócrita de los estrategas: una explosión sin muertos podía fracasar como instrumento de terror. La exhibición de la nueva arma exigía mostrar lo que podía hacerle a una ciudad todavía llena de vida.[2]

A las 8:15 de la mañana, las compuertas del Enola Gay se abrieron sobre Hiroshima. Durante cuarenta y tres segundos, Little Boy —una bomba de uranio-235 bautizada con un nombre casi infantil— descendió inadvertida sobre la ciudad. El blanco señalado era el puente Aioi, pero la bomba se desvió ligeramente del punto de mira y explotó a unos seiscientos metros de altura, casi directamente sobre el Hospital Shima.

En una fracción de segundo, los rezos pronunciados unas horas antes en la isla de Tinian recibieron respuesta del Dios de los cristianos. Y la luz se hizo: una luz que pareció eclipsar al Sol y borró de la Tierra el Hospital Shima y el centro de Hiroshima. En el corazón de la bola de fuego, la temperatura superó el millón de grados. El aire y los restos de la bomba se transformaron en una masa incandescente de materia ionizada que comenzó a expandirse con una violencia inconcebible. Un segundo después, suspendida sobre la ciudad, alcanzaba unos cuatrocientos metros de diámetro.

Los más cercanos al centro de la explosión murieron en el acto. No tuvieron tiempo de sentir miedo ni de despedirse. De algunos solo quedó una silueta oscura sobre la piedra: el negativo fotográfico de un ser humano que, durante un instante, se interpuso entre la luz de la muerte y el mundo.

Después, la onda expansiva avanzó sobre Hiroshima, derribando paredes, arrancando techos, arrojando cuerpos contra los escombros y convirtiendo las casas de madera en combustible. Sobre la ciudad se levantó una columna gigantesca de polvo, humo, ceniza y escombros pulverizados. Desde la altura del bombardero que acababa de incinerar una ciudad, debió parecer una nube extraordinaria, un hongo oscuro que ascendía lentamente hacia el cielo. Desde abajo, era otra cosa: el mundo había sido sustituido por un viento de fuego que despedazaba cuanto encontraba y frente al cual no había refugio posible.

Los sobrevivientes comenzaron a salir de las ruinas con la ropa quemada y la piel desprendida en largos jirones. Algunos caminaban con los brazos extendidos, como espectros, porque el roce de la carne abrasada les causaba un dolor insoportable. Las ampollas se reventaban y dejaban expuestas las terminaciones nerviosas. Otros tenían el rostro hinchado, los ojos cerrados por las quemaduras y los labios partidos. Pedían agua. Muchos morían poco después de recibirla. Otros se acostaban en las calles,........

© El Espectador